
Un débil rayo de luz se filtró por las cortinas de la sala. En el jardín del fondo, los pájaros que anidaban en la vieja ponciana anunciaron su despertar, y los minúsculos habitantes nocturnos de la casa comprendieron que la faena debía finalizar y era hora de retirarse.
Encorvado y con las piernas moreteadas, el viejo Noé salió de su habitación rumbo a la cocina, no sin antes hacer la visita obligada al baño. Su lento paso se reanudó luego y se dispuso a preparar el desayuno; transcurridos unos minutos, reapareció yendo hacia el comedor con una taza de avena en una mano y un plato de tostadas en la otra. La sala, aunque de día, mantenía las tonalidades oscuras de la madrugada; el cuadro de “La Ultima Cena” dominaba la escena, en donde el viejo parecía ser uno de los convidados, y en un costado los retratos de infinidad de familiares parecían estar destinados a departir con él.
Mientras desayunaba se fijó en el desorden que reinaba en la casa; los sofás estaban llenos de polvo, las hojas de los periódicos estaban tiradas por el piso de parquet; pero, como siempre, el redescubrimiento del caos no haría más que invitarlo al jardín del fondo a curar sus rosas, a sembrar sus geranios, abonar la tierra y sentarse a limpiar sus herramientas bajo la enorme ponciana.
La monotonía se encargaba no de darle más días, sino de de quitárselos. Si rebuscáramos en el alma de un viejo, los sentimientos de nostalgia fluirían como un manantial; pero a diferencia de aquellos riachuelos de las sierras, el manantial del dolor de Noé tenía en su fluyente a la tristeza, que al igual que la maleza o los filosos trozos ígneos, erosionaban el cauce cada vez más profundo de su soledad.
Así, cada mañana, Noé tenía que conformarse con aceptar un nuevo día. No lo atormentaba el hecho de morir y que nadie lo llorara, sino que la muerte pudiera sorprenderlo sin estar preparado, sin saber cual fue su misión en el mundo.
-¡Ay arbolito, arbolito! ¡Tú cada vez más alto, y yo cada vez más enano! –solía decirle a la ponciana.
Cuando era verano y hablaba solo, se desprendían las flores rojas, y caían alrededor del jardín; entonces las recogía en canastas y las colgaba de las ventanas.
Si era invierno, le conversaba al árbol, como si esperara alguna respuesta; entonces se levantaba el viento y comenzaba a sacudir el follaje mientas las hojas secas iban cayendo y el sonido lo hacía volverse con los ojos tristes, tratando de atrapar alguna señal.
-¡Viento! ¡Viento! –exclamaba Noé, y el viento pasaba rozándolo, mientras él cerraba los ojos para sentirlo. En ese momento decía:
- Viento, eres como ella…Tan suave, con tanta pureza; pero no solo me acaricias a mí, sino también a mis penas. A las penas mías, y a las penas aquellas.
Sin embargo, estaba escrito que en medio de aquella rutina estrepitosa, algo tendría que suceder; fue así como una mañana cuando despertó, se dio cuenta que el reloj de la sala se había detenido por falta de baterías.
-¡Ajajá!-exclamó Noé- Tendré que comprar una de estas cosas.
Fue por el pasadizo, cogió su machete, y cual guerrero medieval con su espada, entró a sostener su lucha diaria en el jardín; pero al ir por el saco de abono, éste se había acabado. Contrariado por el inoportuno suceso, se dirigió a la escalera que llevaba al techo, en donde cubierto por esteras y calaminas se hallaba el depósito.
El subir las escaleras se había vuelto un calvario para él con los años. Lento, pero muy lento, llegó al techo no sin sufrir mareos y alguna leve náusea. El viento había botado algunas esteras y la lluvia de la estación había oxidado las planchas metálicas que colocara tiempo atrás para proteger sus herramientas. Giró lentamente el picaporte, y entró en la pequeña habitación.
Arrumadas, en un viejo estante, vio las bolsas de fertilizante, cuando de pronto, advirtió que una rata se paseaba entre las tantas cajas que había allí; cogió la escoba y la lanzó contra el animal; pero éste velozmente se metió por un agujero en la pared. Noé se acercó a las cajas y con sorpresa encontró en una de ellas un reloj de péndulo muy antiguo. Un gesto de amargura se dibujó en su rostro y no sin dudar, lo tomó.
Abrió la caja, y en su interior halló también una caja musical y una muñeca de porcelana.
-Pero… ¡pero si le dije a Pablo que bote todo esto!- dijo en voz alta.
Se sentó en el suelo, allí entre los excrementos de los roedores, y observó una y otra vez su increíble hallazgo. Parecía un enajenado que hincado en una vereda ruega por un poco de comida. Le dio cuerda a la caja musical, y el melodioso “Bolero de Ravel” comenzó a sonar; sacó una bolsa donde estaban los vestidos de la muñeca, y lo que más le sorprendió fue un libro sobre plantas. Allí, con el señalador aún en la página noventa y cinco, leyó: Delonix Regia.
Extrañado continuó con su lectura; así se enteró que el nombre vulgar de esa planta era ponciana; que en la India la llamaban gulmohar; que en Argentina en la zona rioplatense unos hombres originarios del País Vasco la sembraron con el nombre de chivata, porque en su tierra sus ramas servían para los corrales de los chivos; y finalmente, que era un árbol perennifolio. Buscó algo sobre rosas, pero el libro tenía el lomo rebelde, y fue a dar en las páginas iniciales, donde una dedicatoria le hizo recordar a Noé lo miserable de su existencia. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y un llanto de hombre surgió desde lo más profundo de su ser.
“La historia es la historia, la vida es la vida”, pensó.
Luego, secándose las lágrimas, colocó los objetos nuevamente en la caja, con cuidado y delicadeza excesiva. Agarró el reloj y el libro, y guardándolos en la bolsa que encontró en el depósito, descendió al primer piso.
Bajó disgustado consigo mismo. Dejó la muñeca de porcelana en la mesa y cogió el reloj. Le dio cuerda y tal como en los viejos tiempos, el péndulo comenzó a oscilar, llenando la casa con su resonancia. Solo en ese momento, Noé sintió que la vida se le iba.
Tras colocar el reloj, el sonido produjo en él la sensación de que ese aparato no había reaparecido nada más que para marcar sus horas, para que el muriera con el reloj, o lo que es peor, para que el reloj lo sobreviviera. Resignado, limpió la sala después de muchísimo tiempo; la certeza de que cuando el reloj se detenga, lo haría también su existencia lo comenzó a perturbar; hasta que una noche, abrumado salió al jardín y le habló a la ponciana:
-“Árbol. Tú seguirás aquí cuando me vaya, y eso, irremediablemente se acerca. ¡Ay arbolito! Tu haz sido el único en entenderme y sino te dejé de lado, fue porque si sacaba completamente todo que en mí había de ella, era posible que yo muriera en el intento. Los hombres…somos así”.
“Cuando yo era joven, recuerdo que mi profesor me preguntó quién era yo. Le respondí que Noé Irisar; el me dijo que me había preguntado quién era, no como me llamaba. ¿Y sabes arbolito? Creo que solo en mi vejez he podido entender, porque podría haberme llamado Juan, Pedro o Mateo, y yo seguiría siendo el mismo ser. Aún llamándome Celso, yo la hubiera perdido. ¿Y sabes arbolito? Eso duele”.
Hizo un gesto de despedida con la mano, y se fue a su cama. Durante varias noches no pudo dormir recordando a Valeria. Recordó aquella vez muchísimos años atrás, cuando en una obra teatral, no había quien represente a Macbeth, el resultó elegido y Valeria fue Lady Macbeth. Allí en plena función, el se enamoró de ella. Ambos se unieron y después de un largo noviazgo, decidieron casarse.
Toda su familia se alegró, el indescifrable Noé por fin tendría su familia. Su madre le dio el reloj como regalo anticipado de bodas, y le solto una frase que el tomaría como profecía: “El reloj marcará el destino de los dos”.
Allí, sentado, preso del insomnio, Noé recordó la noche trágica dos días antes de la boda, cuando ella legó con la muñeca de porcelana que el le había regalado. El estaba a punto de abrir el libro de plantas que ella le había obsequiado el día anterior como guía para la ponciana que acababa de sembrar.
- No puedo aceptarla –dijo ella.
- No entiendo a qué te refieres.
- Debí decírtelo antes, pero me voy Noé. Tú mereces alguien mejor, y yo también.
Noé seguía parado frente a ella sin entender. Ella terminó así:
- No puedo, porque tu no me darías nada. Yo tampoco tengo nada que darte, y entre dos personas como nosotros, solo hay adiós.
En vano Noé trató de retenerla. Poco después se enteró que ella se casaría con el actor que representó a Banquo en la obra teatral; ya nada podía hacer
La última vez que la vio, en el aeropuerto antes de que Valeria viaje, el le dijo:
- Tu sabes que como yo nadie te amará.
Ella lo abrazó y le contestó:
- No es culpa de nadie. No es culpa mía.
Se despidieron con una sonrisa, y Noé no volvió a saber de ella. Su madre falleció poco después, y sus dos hermanos viajaron al extranjero; él quedó solo en la casa. Encerrado entre amarguras y decepciones, Noé comenzó a lidiar con la soledad; lo más doloroso fue cuando en medio de toda su impotencia, se convenció de que si ella algún día volvía, seguramente la perdonaría
Desde que encontró la caja, no había noche en que no recordara todos estos hechos. Antes de irse a dormir –objetivo que no lograba- conversaba con la ponciana, y todas las mañanas limpiaba la casa y ordenaba los muebles.
- “Quiero estar listo para cuando se acabe mi tiempo” – repetía.
En la noche, cuando se sentó a conversar con el árbol, las flores comenzaron a caer. El viento silbaba y las hojas secas se arremolinaban; en medio del jardín, Noé se despidió diciendo:
- Gracias por responderme arbolito, gracias a ti también, viento.
Se disponía a arroparse para dormir, cuando unos golpes en la puerta lo despertaron. Se dirigió a la entrada pensando: “La muerte me está buscando”.
Cuando abrió la puerta, Noé murió. La voz de la recién llegada le dijo:
- Hola.
El se quedó en silencio, sintiendo como el Noé de los últimos sesenta años expiraba. Ella hablaba dando miles de explicaciones, de muecas que contrastaban con su tez arrugada y su cabello canoso.
Noé dirigió sus dedos a los labios de Valeria indicándole que haga silencio. La hizo pasar, sintiendo como renacía el hombre que ella mucho tiempo atrás dejó dormido, y la besó como solo un hombre de más de ochenta años puede besar.
A un costado, en la pared, el péndulo del reloj se detuvo. Había empezado una nueva estación.
Encorvado y con las piernas moreteadas, el viejo Noé salió de su habitación rumbo a la cocina, no sin antes hacer la visita obligada al baño. Su lento paso se reanudó luego y se dispuso a preparar el desayuno; transcurridos unos minutos, reapareció yendo hacia el comedor con una taza de avena en una mano y un plato de tostadas en la otra. La sala, aunque de día, mantenía las tonalidades oscuras de la madrugada; el cuadro de “La Ultima Cena” dominaba la escena, en donde el viejo parecía ser uno de los convidados, y en un costado los retratos de infinidad de familiares parecían estar destinados a departir con él.
Mientras desayunaba se fijó en el desorden que reinaba en la casa; los sofás estaban llenos de polvo, las hojas de los periódicos estaban tiradas por el piso de parquet; pero, como siempre, el redescubrimiento del caos no haría más que invitarlo al jardín del fondo a curar sus rosas, a sembrar sus geranios, abonar la tierra y sentarse a limpiar sus herramientas bajo la enorme ponciana.
La monotonía se encargaba no de darle más días, sino de de quitárselos. Si rebuscáramos en el alma de un viejo, los sentimientos de nostalgia fluirían como un manantial; pero a diferencia de aquellos riachuelos de las sierras, el manantial del dolor de Noé tenía en su fluyente a la tristeza, que al igual que la maleza o los filosos trozos ígneos, erosionaban el cauce cada vez más profundo de su soledad.
Así, cada mañana, Noé tenía que conformarse con aceptar un nuevo día. No lo atormentaba el hecho de morir y que nadie lo llorara, sino que la muerte pudiera sorprenderlo sin estar preparado, sin saber cual fue su misión en el mundo.
-¡Ay arbolito, arbolito! ¡Tú cada vez más alto, y yo cada vez más enano! –solía decirle a la ponciana.
Cuando era verano y hablaba solo, se desprendían las flores rojas, y caían alrededor del jardín; entonces las recogía en canastas y las colgaba de las ventanas.
Si era invierno, le conversaba al árbol, como si esperara alguna respuesta; entonces se levantaba el viento y comenzaba a sacudir el follaje mientas las hojas secas iban cayendo y el sonido lo hacía volverse con los ojos tristes, tratando de atrapar alguna señal.
-¡Viento! ¡Viento! –exclamaba Noé, y el viento pasaba rozándolo, mientras él cerraba los ojos para sentirlo. En ese momento decía:
- Viento, eres como ella…Tan suave, con tanta pureza; pero no solo me acaricias a mí, sino también a mis penas. A las penas mías, y a las penas aquellas.
Sin embargo, estaba escrito que en medio de aquella rutina estrepitosa, algo tendría que suceder; fue así como una mañana cuando despertó, se dio cuenta que el reloj de la sala se había detenido por falta de baterías.
-¡Ajajá!-exclamó Noé- Tendré que comprar una de estas cosas.
Fue por el pasadizo, cogió su machete, y cual guerrero medieval con su espada, entró a sostener su lucha diaria en el jardín; pero al ir por el saco de abono, éste se había acabado. Contrariado por el inoportuno suceso, se dirigió a la escalera que llevaba al techo, en donde cubierto por esteras y calaminas se hallaba el depósito.
El subir las escaleras se había vuelto un calvario para él con los años. Lento, pero muy lento, llegó al techo no sin sufrir mareos y alguna leve náusea. El viento había botado algunas esteras y la lluvia de la estación había oxidado las planchas metálicas que colocara tiempo atrás para proteger sus herramientas. Giró lentamente el picaporte, y entró en la pequeña habitación.
Arrumadas, en un viejo estante, vio las bolsas de fertilizante, cuando de pronto, advirtió que una rata se paseaba entre las tantas cajas que había allí; cogió la escoba y la lanzó contra el animal; pero éste velozmente se metió por un agujero en la pared. Noé se acercó a las cajas y con sorpresa encontró en una de ellas un reloj de péndulo muy antiguo. Un gesto de amargura se dibujó en su rostro y no sin dudar, lo tomó.
Abrió la caja, y en su interior halló también una caja musical y una muñeca de porcelana.
-Pero… ¡pero si le dije a Pablo que bote todo esto!- dijo en voz alta.
Se sentó en el suelo, allí entre los excrementos de los roedores, y observó una y otra vez su increíble hallazgo. Parecía un enajenado que hincado en una vereda ruega por un poco de comida. Le dio cuerda a la caja musical, y el melodioso “Bolero de Ravel” comenzó a sonar; sacó una bolsa donde estaban los vestidos de la muñeca, y lo que más le sorprendió fue un libro sobre plantas. Allí, con el señalador aún en la página noventa y cinco, leyó: Delonix Regia.
Extrañado continuó con su lectura; así se enteró que el nombre vulgar de esa planta era ponciana; que en la India la llamaban gulmohar; que en Argentina en la zona rioplatense unos hombres originarios del País Vasco la sembraron con el nombre de chivata, porque en su tierra sus ramas servían para los corrales de los chivos; y finalmente, que era un árbol perennifolio. Buscó algo sobre rosas, pero el libro tenía el lomo rebelde, y fue a dar en las páginas iniciales, donde una dedicatoria le hizo recordar a Noé lo miserable de su existencia. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y un llanto de hombre surgió desde lo más profundo de su ser.
“La historia es la historia, la vida es la vida”, pensó.
Luego, secándose las lágrimas, colocó los objetos nuevamente en la caja, con cuidado y delicadeza excesiva. Agarró el reloj y el libro, y guardándolos en la bolsa que encontró en el depósito, descendió al primer piso.
Bajó disgustado consigo mismo. Dejó la muñeca de porcelana en la mesa y cogió el reloj. Le dio cuerda y tal como en los viejos tiempos, el péndulo comenzó a oscilar, llenando la casa con su resonancia. Solo en ese momento, Noé sintió que la vida se le iba.
Tras colocar el reloj, el sonido produjo en él la sensación de que ese aparato no había reaparecido nada más que para marcar sus horas, para que el muriera con el reloj, o lo que es peor, para que el reloj lo sobreviviera. Resignado, limpió la sala después de muchísimo tiempo; la certeza de que cuando el reloj se detenga, lo haría también su existencia lo comenzó a perturbar; hasta que una noche, abrumado salió al jardín y le habló a la ponciana:
-“Árbol. Tú seguirás aquí cuando me vaya, y eso, irremediablemente se acerca. ¡Ay arbolito! Tu haz sido el único en entenderme y sino te dejé de lado, fue porque si sacaba completamente todo que en mí había de ella, era posible que yo muriera en el intento. Los hombres…somos así”.
“Cuando yo era joven, recuerdo que mi profesor me preguntó quién era yo. Le respondí que Noé Irisar; el me dijo que me había preguntado quién era, no como me llamaba. ¿Y sabes arbolito? Creo que solo en mi vejez he podido entender, porque podría haberme llamado Juan, Pedro o Mateo, y yo seguiría siendo el mismo ser. Aún llamándome Celso, yo la hubiera perdido. ¿Y sabes arbolito? Eso duele”.
Hizo un gesto de despedida con la mano, y se fue a su cama. Durante varias noches no pudo dormir recordando a Valeria. Recordó aquella vez muchísimos años atrás, cuando en una obra teatral, no había quien represente a Macbeth, el resultó elegido y Valeria fue Lady Macbeth. Allí en plena función, el se enamoró de ella. Ambos se unieron y después de un largo noviazgo, decidieron casarse.
Toda su familia se alegró, el indescifrable Noé por fin tendría su familia. Su madre le dio el reloj como regalo anticipado de bodas, y le solto una frase que el tomaría como profecía: “El reloj marcará el destino de los dos”.
Allí, sentado, preso del insomnio, Noé recordó la noche trágica dos días antes de la boda, cuando ella legó con la muñeca de porcelana que el le había regalado. El estaba a punto de abrir el libro de plantas que ella le había obsequiado el día anterior como guía para la ponciana que acababa de sembrar.
- No puedo aceptarla –dijo ella.
- No entiendo a qué te refieres.
- Debí decírtelo antes, pero me voy Noé. Tú mereces alguien mejor, y yo también.
Noé seguía parado frente a ella sin entender. Ella terminó así:
- No puedo, porque tu no me darías nada. Yo tampoco tengo nada que darte, y entre dos personas como nosotros, solo hay adiós.
En vano Noé trató de retenerla. Poco después se enteró que ella se casaría con el actor que representó a Banquo en la obra teatral; ya nada podía hacer
La última vez que la vio, en el aeropuerto antes de que Valeria viaje, el le dijo:
- Tu sabes que como yo nadie te amará.
Ella lo abrazó y le contestó:
- No es culpa de nadie. No es culpa mía.
Se despidieron con una sonrisa, y Noé no volvió a saber de ella. Su madre falleció poco después, y sus dos hermanos viajaron al extranjero; él quedó solo en la casa. Encerrado entre amarguras y decepciones, Noé comenzó a lidiar con la soledad; lo más doloroso fue cuando en medio de toda su impotencia, se convenció de que si ella algún día volvía, seguramente la perdonaría
Desde que encontró la caja, no había noche en que no recordara todos estos hechos. Antes de irse a dormir –objetivo que no lograba- conversaba con la ponciana, y todas las mañanas limpiaba la casa y ordenaba los muebles.
- “Quiero estar listo para cuando se acabe mi tiempo” – repetía.
En la noche, cuando se sentó a conversar con el árbol, las flores comenzaron a caer. El viento silbaba y las hojas secas se arremolinaban; en medio del jardín, Noé se despidió diciendo:
- Gracias por responderme arbolito, gracias a ti también, viento.
Se disponía a arroparse para dormir, cuando unos golpes en la puerta lo despertaron. Se dirigió a la entrada pensando: “La muerte me está buscando”.
Cuando abrió la puerta, Noé murió. La voz de la recién llegada le dijo:
- Hola.
El se quedó en silencio, sintiendo como el Noé de los últimos sesenta años expiraba. Ella hablaba dando miles de explicaciones, de muecas que contrastaban con su tez arrugada y su cabello canoso.
Noé dirigió sus dedos a los labios de Valeria indicándole que haga silencio. La hizo pasar, sintiendo como renacía el hombre que ella mucho tiempo atrás dejó dormido, y la besó como solo un hombre de más de ochenta años puede besar.
A un costado, en la pared, el péndulo del reloj se detuvo. Había empezado una nueva estación.
veo que soy el primero esta semana
ResponderEliminarporqe menos post eh? Deben ser los finales.
"el arriesgado"