viernes, 6 de noviembre de 2009

Un cuento de Ana María Matute


Recuerdo a Jorge Luis Borges, cuando leí la introducciòn de "Ficciones". En ella describía en propias palabras cada cuento que contenìa la obra, y agregaba:"Difícil tarea la de escribir en 500 páginas una idea cuya perfecta exposiciòn cabe en 5 hojas". Han sido varias las entrevistas en la cuales el escritor argentino siempre se mostró partidario por crear cuentos.

Hace unos días, vi una entrevista a Carlos Eduardo Zavaleta, (al parecer grabada) en la que señalaba: "El novelista debe ponerse como reto el cuento, y el cuentista debe plantearse la novela".

Las opiniones seguirán siendo diversas entre los que se sumergen en la narrativa. Y claro, no faltará alguien que salga hablando por allí de alguna técnica o algún lenguaje, habiendo olvidado que cualquiera que sea el estilo, por encima está la idea. Cuentos como el que posteo, son una muestra de aquello que pensaba Borges.

El niño al que se le murió el amigo
(Ana María Matute)
Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:-El amigo se murió.
-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

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