miércoles, 30 de diciembre de 2009

Del por qué ya no hay cuentos, de por qué se va el año


Y mientras han pasado casi veinte días sin haber publicado nada, las excusas son las primeras en aparecer, y las excusas son conmigo mismo, para así otra vez en mi vida convencerme de mi inconstancia.

Excusas:

- No he tenido tiempo por....motivos de estudios.

- Los domingos estuve trabajando.

-Andaba stressado (la palabra de moda, y a la cual los psicólogos se empeñan en darle un sentido argumentando que como el homnbre está diseñado como animal y tiene una energía de depredador y presa que ya no consume, pues la lleva recargada).

-No publiqué porque...podía excusarme.


Y así las excusas....van y vienen.

Espero que disminuyan para este año que viene, así como espero poder leer más, y así como espero desesperezarme para entrar y escribir todo aquello que irrumpe en mi cerebro.

Y ahora para terminar el año, me excuso por hacer aburrida la despedida.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Cuento Dominical 6: Tuma


En algún lugar de la ciudad, en un barrio cualquiera, en una mesa, dos hombres conversan. Sobre ellos, el fluorescente se empeña en oscilar una y otra vez, alumbrando y oscureciendo los rostros de los dialogantes. Impávido, Francisco Kletz espera con ansias a que el hombre frente a él – le ha costado aceptar la humanidad de aquel ser – le narre la historia de su vida. Tuma – que así se llama el otro hombre– se para y va hacia un rincón dejando notar su cojera; trae un palo y se sienta al mismo tiempo que golpea suavemente el foco y éste se cura de su avería como curado por una varita mágica.
Cojo, bizco y con parálisis facial, Tuma empieza a historiar; le pide a Kletz que imagine que los edificios alrededor son cerros, que los ruidos de automóviles son ráfagas de viento y lo principal: que ambos son enemigos. Otro mundo se impone y se ha instalado el pasado en aquella mesa. El tiempo ha retrocedido y Tuma cambia de expresión, mientras Kletz escucha ahora con atención.
En Pocachana, hace ya más de cuarenta años, una mujer sale a revisar el corral de las ovejas. Un hombre se abalanza en la oscuridad sobre ella y satisface su lubricidad violándola; desde ese momento ella es víctima de la vergüenza y no dirá nada. A menos que el padre de ella intervenga, el violador no reconocerá su delito nunca. Tuma ha sido concebido.
Los meses pasan, el vientre de Casimira–que así se llama la mujer– la ha delatado. Su padre, don Meroveo, busca al violador de su hija. No lo encuentra. La desesperación comienza a mezclarse con indignación y así pasan los días. Descubre que el abusador es un maleante – un mostrenco como diría López Albújar– y por lo tanto no tiene esperanzas de que su nieto sea reconocido.
Han pasado ya siete meses. Una niña es enviada a casa de la partera para que atienda a Casimira en el nacimiento del niño. Meroveo fuma tranquilamente afuera de la casa, aquellos cigarrillos con que sus amigos de la costa lejana le pagan las reses. También está imaginando un nieto fuerte, un hombre para la casa, alguien de quien enorgullecerse. De pronto la partera sale corriendo y Meroveo temiendo lo peor entra al cuarto; su hija yace ensangrentada y el bebé tiene el rostro deforme, los ojos bizcos y una pierna más grande que la otra. La vida le ha enseñado a aceptar las cosas como hombre de campo, y ahora tiene que aceptar la llegada al mundo de su nieto y la partida de su hija; nadie quiere cuidar al niño, así que tendrán que marcharse del pueblo. Felizmente el niño crece sin enfermarse, y solo un problema se instala en Meroveo: las risas y murmuraciones de la gente. A donde quiera que vaya con su nieto, sabe que será así y tiene que aceptarlo.
El tiempo va pasando y el niño crece, el pequeño Alfredito ha aprendido a leer y escribir sin que nadie le enseñe.
-“Debe ser un niño mágico”- piensa Meroveo.
A sus ochos años Alfredito demuestra que lo que tiene de feo para los demás, lo tiene de inteligente. Los negocios terminan por llevarlos a un pueblo que no figura en el mapa. Van caminando por la plaza del pueblo, cuando rompiendo la tranquilidad que ambos tienen hace años un hombre grita con todas sus fuerzas:
-¡Meroveo tu hija era una puta! Y ese animal que llevas contigo no puede ser mi hijo, porque entonces habría sido un semental y no una mosca.
Meroveo reconoce al padre de Alfredo. Un hombre que dice ser el juez del pueblo llega con dos botellas rotas y dice:
-La verdad es lo más fuerte y se impone.
Cada uno de los hombres toma una botella y la gente se acerca en tumulto a observar el duelo. Alfredito no ve nada, solo que súbitamente la gente se aleja y en el suelo ha quedado tendido su papá abuelo con un vidrio incrustado en el cuello. A sus ochos años ha descubierto que la realidad es la mentira.
Desde ese momento, la tierra ha girado más velozmente que antes, tanto que Alfredito siente que hace solo unos días estaba en la plaza observando el cadáver de su abuelo, pero son quince años, y la verdad que pregonó el juez parece no haber llegado. Un hombre medio ebrio cruza la plaza. Alfredo lo desafía, y el otro se ríe de aquel desafío proveniente de un ser deforme al cual cuando habla en voz alta le escurre la saliva entre los labios. Ahora van a trabarse en una lucha. Un anciano se acerca con dos botellas de aguardiente rotas y le dice a Alfredo:
-La verdad se impone, no importa el tiempo.
Alfredo siente que en su mano está la justicia. Pelea, se estira, grita y lanza miradas de odio. Su contendor cae al suelo. El se lanza encima y escribe con su botella en el cuello de su padre todo la brutalidad de su rencor. Mientras ve la sangre fluir, descubre que ahora está completamente solo en el mundo.
-He matado muchos hombres dentro de ti papá- murmura.
Se levanta y ahora convertido en un ser más despreciable que antes, está convencido de que su destino es la muerte y de todo aquello que tenga que ver con el fin. El viejo juez se acerca y pregunta:
-¿Cuál es tu nombre?
-¿Cómo se llama este lugar?-responde Alfredo.
-Tuma-responde el viejo compadecido y emocionado.
Alfredo entonces dice:
-Pues entonces Tuma me llamo.
Se va haciendo el gesto de un vengador que se despide de su antigua alma. En el futuro aquel hombre será un asesino, y en cada hombre que mate tratará de buscarse a sí mismo, para comprender la verdad de su vida. Ahora está sentado frente a Kletz, el escritor.
-Es una historia que nunca imaginé. Del modo en que la he oído no puedo esperar más- dice Kletz ignorando que es parte de una historia inconclusa.
-No se preocupe–dice Tuma alejándose y cojeando.
Saca un revólver y dispara. El mundo que se instaló un momento antes en esa mesa acaba con el sonido del disparo y de nuevo se oyen los autos y los ruidos de la ciudad. Tuma sale de la casa y afuera un hombre lo espera.
-Veo que hizo su trabajo– dice el desconocido.
-Lo hice – responde Tuma – Ya tiene la historia del escritor que encuentra la muerte mientras busca una historia distinta de lo que escribe siempre en la vida de un marginado.
El desconocido sonríe, y sacando un fajo de dinero se lo da a Tuma, pero éste no lo acepta.
-¿Por qué no lo acepta? Ha hecho su trabajo.
-No tiene que pagarme. –responde Tuma– Me encontré por fin a mi mismo.
Se aleja lenta y cojamente...y prosigue:
-Encontré un hombre que halló la muerte buscándose a si mismo en una historia en la que nunca entendió que no era más que un capítulo.
Tuma se da la vuelta, entra a la casa; tiene que ocultar el cuerpo de Kletz.