miércoles, 30 de diciembre de 2009

Del por qué ya no hay cuentos, de por qué se va el año


Y mientras han pasado casi veinte días sin haber publicado nada, las excusas son las primeras en aparecer, y las excusas son conmigo mismo, para así otra vez en mi vida convencerme de mi inconstancia.

Excusas:

- No he tenido tiempo por....motivos de estudios.

- Los domingos estuve trabajando.

-Andaba stressado (la palabra de moda, y a la cual los psicólogos se empeñan en darle un sentido argumentando que como el homnbre está diseñado como animal y tiene una energía de depredador y presa que ya no consume, pues la lleva recargada).

-No publiqué porque...podía excusarme.


Y así las excusas....van y vienen.

Espero que disminuyan para este año que viene, así como espero poder leer más, y así como espero desesperezarme para entrar y escribir todo aquello que irrumpe en mi cerebro.

Y ahora para terminar el año, me excuso por hacer aburrida la despedida.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Cuento Dominical 6: Tuma


En algún lugar de la ciudad, en un barrio cualquiera, en una mesa, dos hombres conversan. Sobre ellos, el fluorescente se empeña en oscilar una y otra vez, alumbrando y oscureciendo los rostros de los dialogantes. Impávido, Francisco Kletz espera con ansias a que el hombre frente a él – le ha costado aceptar la humanidad de aquel ser – le narre la historia de su vida. Tuma – que así se llama el otro hombre– se para y va hacia un rincón dejando notar su cojera; trae un palo y se sienta al mismo tiempo que golpea suavemente el foco y éste se cura de su avería como curado por una varita mágica.
Cojo, bizco y con parálisis facial, Tuma empieza a historiar; le pide a Kletz que imagine que los edificios alrededor son cerros, que los ruidos de automóviles son ráfagas de viento y lo principal: que ambos son enemigos. Otro mundo se impone y se ha instalado el pasado en aquella mesa. El tiempo ha retrocedido y Tuma cambia de expresión, mientras Kletz escucha ahora con atención.
En Pocachana, hace ya más de cuarenta años, una mujer sale a revisar el corral de las ovejas. Un hombre se abalanza en la oscuridad sobre ella y satisface su lubricidad violándola; desde ese momento ella es víctima de la vergüenza y no dirá nada. A menos que el padre de ella intervenga, el violador no reconocerá su delito nunca. Tuma ha sido concebido.
Los meses pasan, el vientre de Casimira–que así se llama la mujer– la ha delatado. Su padre, don Meroveo, busca al violador de su hija. No lo encuentra. La desesperación comienza a mezclarse con indignación y así pasan los días. Descubre que el abusador es un maleante – un mostrenco como diría López Albújar– y por lo tanto no tiene esperanzas de que su nieto sea reconocido.
Han pasado ya siete meses. Una niña es enviada a casa de la partera para que atienda a Casimira en el nacimiento del niño. Meroveo fuma tranquilamente afuera de la casa, aquellos cigarrillos con que sus amigos de la costa lejana le pagan las reses. También está imaginando un nieto fuerte, un hombre para la casa, alguien de quien enorgullecerse. De pronto la partera sale corriendo y Meroveo temiendo lo peor entra al cuarto; su hija yace ensangrentada y el bebé tiene el rostro deforme, los ojos bizcos y una pierna más grande que la otra. La vida le ha enseñado a aceptar las cosas como hombre de campo, y ahora tiene que aceptar la llegada al mundo de su nieto y la partida de su hija; nadie quiere cuidar al niño, así que tendrán que marcharse del pueblo. Felizmente el niño crece sin enfermarse, y solo un problema se instala en Meroveo: las risas y murmuraciones de la gente. A donde quiera que vaya con su nieto, sabe que será así y tiene que aceptarlo.
El tiempo va pasando y el niño crece, el pequeño Alfredito ha aprendido a leer y escribir sin que nadie le enseñe.
-“Debe ser un niño mágico”- piensa Meroveo.
A sus ochos años Alfredito demuestra que lo que tiene de feo para los demás, lo tiene de inteligente. Los negocios terminan por llevarlos a un pueblo que no figura en el mapa. Van caminando por la plaza del pueblo, cuando rompiendo la tranquilidad que ambos tienen hace años un hombre grita con todas sus fuerzas:
-¡Meroveo tu hija era una puta! Y ese animal que llevas contigo no puede ser mi hijo, porque entonces habría sido un semental y no una mosca.
Meroveo reconoce al padre de Alfredo. Un hombre que dice ser el juez del pueblo llega con dos botellas rotas y dice:
-La verdad es lo más fuerte y se impone.
Cada uno de los hombres toma una botella y la gente se acerca en tumulto a observar el duelo. Alfredito no ve nada, solo que súbitamente la gente se aleja y en el suelo ha quedado tendido su papá abuelo con un vidrio incrustado en el cuello. A sus ochos años ha descubierto que la realidad es la mentira.
Desde ese momento, la tierra ha girado más velozmente que antes, tanto que Alfredito siente que hace solo unos días estaba en la plaza observando el cadáver de su abuelo, pero son quince años, y la verdad que pregonó el juez parece no haber llegado. Un hombre medio ebrio cruza la plaza. Alfredo lo desafía, y el otro se ríe de aquel desafío proveniente de un ser deforme al cual cuando habla en voz alta le escurre la saliva entre los labios. Ahora van a trabarse en una lucha. Un anciano se acerca con dos botellas de aguardiente rotas y le dice a Alfredo:
-La verdad se impone, no importa el tiempo.
Alfredo siente que en su mano está la justicia. Pelea, se estira, grita y lanza miradas de odio. Su contendor cae al suelo. El se lanza encima y escribe con su botella en el cuello de su padre todo la brutalidad de su rencor. Mientras ve la sangre fluir, descubre que ahora está completamente solo en el mundo.
-He matado muchos hombres dentro de ti papá- murmura.
Se levanta y ahora convertido en un ser más despreciable que antes, está convencido de que su destino es la muerte y de todo aquello que tenga que ver con el fin. El viejo juez se acerca y pregunta:
-¿Cuál es tu nombre?
-¿Cómo se llama este lugar?-responde Alfredo.
-Tuma-responde el viejo compadecido y emocionado.
Alfredo entonces dice:
-Pues entonces Tuma me llamo.
Se va haciendo el gesto de un vengador que se despide de su antigua alma. En el futuro aquel hombre será un asesino, y en cada hombre que mate tratará de buscarse a sí mismo, para comprender la verdad de su vida. Ahora está sentado frente a Kletz, el escritor.
-Es una historia que nunca imaginé. Del modo en que la he oído no puedo esperar más- dice Kletz ignorando que es parte de una historia inconclusa.
-No se preocupe–dice Tuma alejándose y cojeando.
Saca un revólver y dispara. El mundo que se instaló un momento antes en esa mesa acaba con el sonido del disparo y de nuevo se oyen los autos y los ruidos de la ciudad. Tuma sale de la casa y afuera un hombre lo espera.
-Veo que hizo su trabajo– dice el desconocido.
-Lo hice – responde Tuma – Ya tiene la historia del escritor que encuentra la muerte mientras busca una historia distinta de lo que escribe siempre en la vida de un marginado.
El desconocido sonríe, y sacando un fajo de dinero se lo da a Tuma, pero éste no lo acepta.
-¿Por qué no lo acepta? Ha hecho su trabajo.
-No tiene que pagarme. –responde Tuma– Me encontré por fin a mi mismo.
Se aleja lenta y cojamente...y prosigue:
-Encontré un hombre que halló la muerte buscándose a si mismo en una historia en la que nunca entendió que no era más que un capítulo.
Tuma se da la vuelta, entra a la casa; tiene que ocultar el cuerpo de Kletz.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Cuento Dominical 5: El viaje de Enzo


“Desperté en un lugar desconocido, con una sensación de vahído y náusea, confundido y con un trapo enrollado en mi rostro. Por alguna razón desconocida para mi en ese momento, sentía terror acompañado de un profundo vacío”.
“Alguien pareció notar que despertaba y se acercó, dando voces a otras personas a que vinieran porque el muchacho desconocido había reaccionado. Recuerdo lo impactante que fue cuando traté de moverme y levantarme, quería salir corriendo de aquel lugar desconocido donde nadie me daba razón de quien era y de donde venía. "
"Me daban de comer simplemente porque no podía hacerlo por mis medios, poco después venía un señor de blanco al que todos llamaban doctor, el me llevaba a una tal “Terapia”; la mayoría reía de mi torpeza al agarrar los objetos y al tratar de andar".
"Durante días la historia se repitió, las gelatinas, los caldos, las curaciones para evitar que algunos cortes se me infecten, era lo más que podían hacer, nadie sabía que por dentro había heridas que ningún doctor podría curar. Poco a poco fui saliendo hacia adelante, y re-aprendí que M-A es MA, dos veces esta sílaba es MAMA, y se llama así a una mujer por la cual venimos al mundo, además es el ser más importante del mundo, y se sufre mucho cuando la perdemos".
"Los días seguían pasando entre heridos que llegaban y gente que lloraba la pérdida de seres queridos,pero uno tuvo un matiz especial: Noté que había una mujer y un niño de unos cinco o seis años que me observaban cuando me llevaban a mi paseo de la tarde. Me miraron desde esa vez todas las tardes, y creo que me ayudaron en cierto modo. Ya caminaba sin ayuda, mis heridas estaban cicatrizadas, y el corte profundo de mi cabeza ya estaba cerrado, pero aún ardía cuando me bañaban. Mi relación con los demás era muy amistosa, ya estaba por demás entendido que había llegado hace veinticinco días, en un estado lamentable con la cabeza reventada por un golpe de automóvil, y el doctor me recibió como un caso de emergencia. Nadie sabía mi procedencia, pero una enfermera de buen corazón me había registrado como hermano suyo, así se evitarían los problemas con la policía y esos papeleos que están presentes aún para entrar al cielo".
"Los demás pacientes tenían quienes los visiten, y no era fácil pasar las tres horas de visita diaria viendo como mis amigos de desgracia reían y conversaban con su familia, así que en esos ratos conseguí permiso para ayudar a las enfermeras con los casos más serios, a veces me deprimía con ellos. Los ancianos de la sección de atrás conversaban conmigo y pensaban que yo era su nieto, o hijo, otros pensaban que era un doctor".
"Fue un día viernes cuando el niño que me observaba en las tardes se acercó, y me dijo : Te extrañamos en casa, toma esto, mi mamá te manda, dice que la disculpes, que puedes regresar cuando quieras. Anda por favor hermano, extraño que alguien me cargue y me haga escuchar esa música que la abuela decía que era de locos que no creían en Dios. Anda porque quiero que me lleves y recojas del colegio todos los días, mis notas están bien, soy un buen alumno. Me tengo que ir…”
"Lo vi alejarse sin saber que hacer, y tomé atención al paquete que su mamá me había mandado. En ese momento me llamó Gabriela, que era la enfermera que me había registrado como hermano, y me dijo que la ayude a cargar a Doña Matilde, por fin regresaba a casa esa viejita bonachona".
"En la noche estaba en mi cuarto, ahora estaba solo porque mis dos compañeros de habitación habían sido dados de alta en la mañana. Estaba abriendo las bolsas del paquete y entró Gabriela que tenía turno todo el día. Me comentó que Mayra se haría cargo del otro cuarto, y yo le dije para jugar a las cartas. Optamos por jugar solo “Golpeado”, íbamos cinco partidas ganadas por mi y ella preguntó:” ¿Qué se siente no saber quien eres, saber que te irás y no saber a dónde?”. Hubo un largo silencio que no impidió que prosigamos el juego y le respondí: “Se siente la mayor felicidad, pero también la mayor estupidez.”
Luego agregó:
- Hay algo en ti que me da temor, hay algo en tus ojos tristes que me dice que te pasó algo muy malo.
- La verdad es que siento miedo y también se que algo malo ha de haberme pasado antes de llegar aquí, pero ya lo sabré cuando abra ese paquete. Dudo si abrirlo y encontrarme con algo triste y molesto, o empezar de nuevo.-Respondí.
- Sea cual sea el camino que tomes has sido parte de mi vida cuarenta y cinco días, y antes que te alejes quiero ganar una partida.
"La miré y ella me respondió con una mirada que nunca olvidaré, me dispuse a agitar la baraja para empezar la partida, y ella me tocó la mano y luego suavemente me quitó las cartas. Me quedé en shock y ella se sentó en mis piernas. La besé instintivamente y pude sentir como su respiración se agitaba a cada momento, luego comencé a deslizar mis manos por su espalda, ella no dejaba de besarme y mirarme fijamente los ojos, así que me paré y la puse sobre la camilla que había pertenecido al paciente amigo".
"La eché y le bajé el cierre de la casaca blanca, su vientre se agitaba y de sus labios salían palabras inentendibles, comencé a besarle el pecho y su braseare desabrochado dejó al descubierto sus senos firmes, en los que me perdí preso de pasión, me quitó el polo y cuando le bajé la falda ella sacó la correa de mi pantalón, y pasó nuevamente a comandar nuestro desenfreno".
Estábamos completamente desnudos, y alguien afuera gritó: “Gaby te quedan quince minutos”. Ella siguió besándome y se deslizó como una serpiente sobre mi, su cintura era delicada y en armonía con su cuerpo, esbelto hasta lo más mínimo, una leve abertura entre sus senos hacía mas excitante el momento. Sus piernas largas le daban una amplitud de movimiento que no era nada para lo que vendría en la próxima media hora. En verdad mi erección se había hecho patente desde el momento en que me miró, y tomándolo entre sus manos colocó mi miembro viril sobre sus labios íntimos, yo cedí al deseo y entré no solo en su cuerpo si no en su alma.
Su delicado vaivén encima de mí hacía melodioso el acto, solo atiné a seguir su ritmo, su mirada era una mezcla infinita de sensaciones, y durante unos momentos quedamos sumidos en la más exquisita variedad de placeres, su vaivén se hizo más violento y lo nuestro se convirtió en una lucha, en una batalla de superposición de egos. Los últimos momentos me miró mientras yo estrujaba sus pechos con toda mi fuerza, y nuestras lenguas eran una trampa, luego me incliné y su sudor se fusionó en el mío. Durante ese movimiento fue que todo terminó, y se recostó en mi pecho llorando y me dijo:”Quien quiera que seas ya no quiero sentirme culpable”. Luego recogió su ropa me miró y salió llorando de la habitación. Corrí detrás de ella pero se adelantó y la otra enfermera de guardia gritó, solo en ese momento descubrí mi desnudez.
Regresé avergonzado a mi habitación del hospital, y como un loco comencé a ver lo que dejó el niño. Había para empezar un paquete de pastelitos, que devoré mientras buscaba más cosas y encontré fotos mías, aparecía con el pelo largo, con amigos, en particular me agrado mucho la foto donde salía con el niño del paquete, y otros dos muchachos, fue entonces cuando comprendí todo y pude ver un paquete abajo que decía “Para ti Enzo”.
"Ese era mi nombre, tenía veintiséis años, era de una ciudad del norte, mi novia me escribía, y en sus cartas me decía que me amaba, que mi verdad era lo único que haría que nuestro amor crezca. Leer todo ese cuaderno era seguir la secuencia de días no muy lejanos pero que me estremecieron ante la idea de que hubieran pasado siglos, y que yo sea solo un recuerdo. Seguí husmeando y encontré una nota que yo había escrito".
"No terminé de leerla, era imposible creer lo que decían esas líneas, y salí corriendo sin decir palabra a nadie, sin buscar razón a nadie, y mientras escapaba Gabriela estaba en la puerta, me miró y pasé por su delante sin detenerme a escucharla, solo puede oír a lo lejos que me llamaba". "Corrí por la carretera del desvío a toda velocidad, hasta donde daban mis piernas, tenía que escapar de aquel lugar, y resbalé cuando pasaba por el acantilado. Solo recuerdo hasta allí mi querido amigo. Sé que desperté y caminé hasta esta orilla y vi a varios de mis antiguos compañeros de cuarto en el hospital. Hoy he contemplado con ellos el ocaso, el cielo se tornaba violeta mientras se ocultaba el sol, y ahora bajo las estrellas converso contigo amigo.”
Aquel hombre de barba y con ojos marrones claros perdidos en el cielo, se recostó en la arena y me dijo:
“Todos hemos llegado como tu, sin saber la verdad. Me haces pensar en cada uno, pero lo que te hace especial es que me recuerdas a mi”.
Se paró, caminó y se quedó observando la inmensidad del mar, dio unos pasos mientras su expresión se hacía más triste que antes y luego se esfumó en medio de la niebla. El hombre que había hablado primero se quedó pensando en la eternidad.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Cuento Dominical 4: El reloj de Noé y el árbol de la nostalgia


Un débil rayo de luz se filtró por las cortinas de la sala. En el jardín del fondo, los pájaros que anidaban en la vieja ponciana anunciaron su despertar, y los minúsculos habitantes nocturnos de la casa comprendieron que la faena debía finalizar y era hora de retirarse.
Encorvado y con las piernas moreteadas, el viejo Noé salió de su habitación rumbo a la cocina, no sin antes hacer la visita obligada al baño. Su lento paso se reanudó luego y se dispuso a preparar el desayuno; transcurridos unos minutos, reapareció yendo hacia el comedor con una taza de avena en una mano y un plato de tostadas en la otra. La sala, aunque de día, mantenía las tonalidades oscuras de la madrugada; el cuadro de “La Ultima Cena” dominaba la escena, en donde el viejo parecía ser uno de los convidados, y en un costado los retratos de infinidad de familiares parecían estar destinados a departir con él.
Mientras desayunaba se fijó en el desorden que reinaba en la casa; los sofás estaban llenos de polvo, las hojas de los periódicos estaban tiradas por el piso de parquet; pero, como siempre, el redescubrimiento del caos no haría más que invitarlo al jardín del fondo a curar sus rosas, a sembrar sus geranios, abonar la tierra y sentarse a limpiar sus herramientas bajo la enorme ponciana.
La monotonía se encargaba no de darle más días, sino de de quitárselos. Si rebuscáramos en el alma de un viejo, los sentimientos de nostalgia fluirían como un manantial; pero a diferencia de aquellos riachuelos de las sierras, el manantial del dolor de Noé tenía en su fluyente a la tristeza, que al igual que la maleza o los filosos trozos ígneos, erosionaban el cauce cada vez más profundo de su soledad.
Así, cada mañana, Noé tenía que conformarse con aceptar un nuevo día. No lo atormentaba el hecho de morir y que nadie lo llorara, sino que la muerte pudiera sorprenderlo sin estar preparado, sin saber cual fue su misión en el mundo.
-¡Ay arbolito, arbolito! ¡Tú cada vez más alto, y yo cada vez más enano! –solía decirle a la ponciana.
Cuando era verano y hablaba solo, se desprendían las flores rojas, y caían alrededor del jardín; entonces las recogía en canastas y las colgaba de las ventanas.
Si era invierno, le conversaba al árbol, como si esperara alguna respuesta; entonces se levantaba el viento y comenzaba a sacudir el follaje mientas las hojas secas iban cayendo y el sonido lo hacía volverse con los ojos tristes, tratando de atrapar alguna señal.
-¡Viento! ¡Viento! –exclamaba Noé, y el viento pasaba rozándolo, mientras él cerraba los ojos para sentirlo. En ese momento decía:
- Viento, eres como ella…Tan suave, con tanta pureza; pero no solo me acaricias a mí, sino también a mis penas. A las penas mías, y a las penas aquellas.
Sin embargo, estaba escrito que en medio de aquella rutina estrepitosa, algo tendría que suceder; fue así como una mañana cuando despertó, se dio cuenta que el reloj de la sala se había detenido por falta de baterías.
-¡Ajajá!-exclamó Noé- Tendré que comprar una de estas cosas.
Fue por el pasadizo, cogió su machete, y cual guerrero medieval con su espada, entró a sostener su lucha diaria en el jardín; pero al ir por el saco de abono, éste se había acabado. Contrariado por el inoportuno suceso, se dirigió a la escalera que llevaba al techo, en donde cubierto por esteras y calaminas se hallaba el depósito.
El subir las escaleras se había vuelto un calvario para él con los años. Lento, pero muy lento, llegó al techo no sin sufrir mareos y alguna leve náusea. El viento había botado algunas esteras y la lluvia de la estación había oxidado las planchas metálicas que colocara tiempo atrás para proteger sus herramientas. Giró lentamente el picaporte, y entró en la pequeña habitación.
Arrumadas, en un viejo estante, vio las bolsas de fertilizante, cuando de pronto, advirtió que una rata se paseaba entre las tantas cajas que había allí; cogió la escoba y la lanzó contra el animal; pero éste velozmente se metió por un agujero en la pared. Noé se acercó a las cajas y con sorpresa encontró en una de ellas un reloj de péndulo muy antiguo. Un gesto de amargura se dibujó en su rostro y no sin dudar, lo tomó.
Abrió la caja, y en su interior halló también una caja musical y una muñeca de porcelana.
-Pero… ¡pero si le dije a Pablo que bote todo esto!- dijo en voz alta.
Se sentó en el suelo, allí entre los excrementos de los roedores, y observó una y otra vez su increíble hallazgo. Parecía un enajenado que hincado en una vereda ruega por un poco de comida. Le dio cuerda a la caja musical, y el melodioso “Bolero de Ravel” comenzó a sonar; sacó una bolsa donde estaban los vestidos de la muñeca, y lo que más le sorprendió fue un libro sobre plantas. Allí, con el señalador aún en la página noventa y cinco, leyó: Delonix Regia.
Extrañado continuó con su lectura; así se enteró que el nombre vulgar de esa planta era ponciana; que en la India la llamaban gulmohar; que en Argentina en la zona rioplatense unos hombres originarios del País Vasco la sembraron con el nombre de chivata, porque en su tierra sus ramas servían para los corrales de los chivos; y finalmente, que era un árbol perennifolio. Buscó algo sobre rosas, pero el libro tenía el lomo rebelde, y fue a dar en las páginas iniciales, donde una dedicatoria le hizo recordar a Noé lo miserable de su existencia. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y un llanto de hombre surgió desde lo más profundo de su ser.
“La historia es la historia, la vida es la vida”, pensó.
Luego, secándose las lágrimas, colocó los objetos nuevamente en la caja, con cuidado y delicadeza excesiva. Agarró el reloj y el libro, y guardándolos en la bolsa que encontró en el depósito, descendió al primer piso.
Bajó disgustado consigo mismo. Dejó la muñeca de porcelana en la mesa y cogió el reloj. Le dio cuerda y tal como en los viejos tiempos, el péndulo comenzó a oscilar, llenando la casa con su resonancia. Solo en ese momento, Noé sintió que la vida se le iba.
Tras colocar el reloj, el sonido produjo en él la sensación de que ese aparato no había reaparecido nada más que para marcar sus horas, para que el muriera con el reloj, o lo que es peor, para que el reloj lo sobreviviera. Resignado, limpió la sala después de muchísimo tiempo; la certeza de que cuando el reloj se detenga, lo haría también su existencia lo comenzó a perturbar; hasta que una noche, abrumado salió al jardín y le habló a la ponciana:
-“Árbol. Tú seguirás aquí cuando me vaya, y eso, irremediablemente se acerca. ¡Ay arbolito! Tu haz sido el único en entenderme y sino te dejé de lado, fue porque si sacaba completamente todo que en mí había de ella, era posible que yo muriera en el intento. Los hombres…somos así”.
“Cuando yo era joven, recuerdo que mi profesor me preguntó quién era yo. Le respondí que Noé Irisar; el me dijo que me había preguntado quién era, no como me llamaba. ¿Y sabes arbolito? Creo que solo en mi vejez he podido entender, porque podría haberme llamado Juan, Pedro o Mateo, y yo seguiría siendo el mismo ser. Aún llamándome Celso, yo la hubiera perdido. ¿Y sabes arbolito? Eso duele”.
Hizo un gesto de despedida con la mano, y se fue a su cama. Durante varias noches no pudo dormir recordando a Valeria. Recordó aquella vez muchísimos años atrás, cuando en una obra teatral, no había quien represente a Macbeth, el resultó elegido y Valeria fue Lady Macbeth. Allí en plena función, el se enamoró de ella. Ambos se unieron y después de un largo noviazgo, decidieron casarse.
Toda su familia se alegró, el indescifrable Noé por fin tendría su familia. Su madre le dio el reloj como regalo anticipado de bodas, y le solto una frase que el tomaría como profecía: “El reloj marcará el destino de los dos”.
Allí, sentado, preso del insomnio, Noé recordó la noche trágica dos días antes de la boda, cuando ella legó con la muñeca de porcelana que el le había regalado. El estaba a punto de abrir el libro de plantas que ella le había obsequiado el día anterior como guía para la ponciana que acababa de sembrar.
- No puedo aceptarla –dijo ella.
- No entiendo a qué te refieres.
- Debí decírtelo antes, pero me voy Noé. Tú mereces alguien mejor, y yo también.
Noé seguía parado frente a ella sin entender. Ella terminó así:
- No puedo, porque tu no me darías nada. Yo tampoco tengo nada que darte, y entre dos personas como nosotros, solo hay adiós.
En vano Noé trató de retenerla. Poco después se enteró que ella se casaría con el actor que representó a Banquo en la obra teatral; ya nada podía hacer
La última vez que la vio, en el aeropuerto antes de que Valeria viaje, el le dijo:
- Tu sabes que como yo nadie te amará.
Ella lo abrazó y le contestó:
- No es culpa de nadie. No es culpa mía.
Se despidieron con una sonrisa, y Noé no volvió a saber de ella. Su madre falleció poco después, y sus dos hermanos viajaron al extranjero; él quedó solo en la casa. Encerrado entre amarguras y decepciones, Noé comenzó a lidiar con la soledad; lo más doloroso fue cuando en medio de toda su impotencia, se convenció de que si ella algún día volvía, seguramente la perdonaría
Desde que encontró la caja, no había noche en que no recordara todos estos hechos. Antes de irse a dormir –objetivo que no lograba- conversaba con la ponciana, y todas las mañanas limpiaba la casa y ordenaba los muebles.
- “Quiero estar listo para cuando se acabe mi tiempo” – repetía.
En la noche, cuando se sentó a conversar con el árbol, las flores comenzaron a caer. El viento silbaba y las hojas secas se arremolinaban; en medio del jardín, Noé se despidió diciendo:
- Gracias por responderme arbolito, gracias a ti también, viento.
Se disponía a arroparse para dormir, cuando unos golpes en la puerta lo despertaron. Se dirigió a la entrada pensando: “La muerte me está buscando”.
Cuando abrió la puerta, Noé murió. La voz de la recién llegada le dijo:
- Hola.
El se quedó en silencio, sintiendo como el Noé de los últimos sesenta años expiraba. Ella hablaba dando miles de explicaciones, de muecas que contrastaban con su tez arrugada y su cabello canoso.
Noé dirigió sus dedos a los labios de Valeria indicándole que haga silencio. La hizo pasar, sintiendo como renacía el hombre que ella mucho tiempo atrás dejó dormido, y la besó como solo un hombre de más de ochenta años puede besar.
A un costado, en la pared, el péndulo del reloj se detuvo. Había empezado una nueva estación.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Cuento Dominical 3: El Árbol Errante


El domingo de hoy estoy publicando el cuento "El Árbol Errante", que ya ha sido publicado en otra ocasión pero como modo de presentación del blog. Siento que debió ser el primer cuento dominical; pero bueno, suele decirse que más vale tarde que nunca.



El Árbol Errante

Hoy sentado en la mecedora al despertar de mi siesta, observaba que derrumbaban las casitas de adobe, en medio de los cañaverales. Increíble es pensar que hace ya más de cincuenta años yo correteaba entre las cañas persiguiendo lagartijas, o escondiéndome de las tandas de la abuela Beatriz, recientemente huésped ilustre del Alto de las Cruces, el cementerio del caserío. Recuerdo también cómo me gritaba si me veía en la manchita de mocosos que seguíamos a Santiago "El Errante", aquel hombre que habría de forjar las fantasías de nuestra infancia, nuestros sueños de juventud y las profecías de nuestra vejez.
Santiago "El Errante" llegó a nosotros como un extraño, y por sus acciones llegó a ser amado como hijo del caserío. Nosotros los niños de entonces, lo amábamos por su benevolencia; aunque los perros lo odiaban , y más de una de nuestras abuelas lo detestaba; Santiago "El Errante" no tenía nombre, tampoco tenía madre, algunos decían que porque un día no obedeció, otros que era huérfano. Lo cierto es que nunca nadie supo con certeza su origen; cuando lo veíamos andar lo rodeábamos y él nos cargaba paseándonos en sus hombros; sus brazos flacos contrastaban con la fuerza que mostraba cuando ayudaba a mi padre a que cortara las cañas. Hoy, ya senil mi padre, le da las gracias por ayudarlo, mientras se come las planchitas de tecnopor de su cama pensando que es canchita pop corn. Santiago tal vez tendría veinticinco años en esa época, tenía el cabello largo, unos pantalones ajustados como el "Héroe del rock", y un polo azul; su rostro era lo único que llevaba siempre limpio, su barba poco poblada estaba crecida, y su andar encorvado hacía gracia al resto que también rajaba de su nariz.
Un día al finalizar el trabajo, Santiago prendió una fogata y se sentó a fumar; entonces los niños nos sentamos alrededor y con su mirada triste nos dijo:
_"Quiero ser un niño de nuevo"

Nos miró con una sonrisa, y nos contó la historia de un árbol, que se cansó de estar en el mismo lugar, y que desesperado porque había otros árboles que no dejaban que el tenga agua de la lluvia, hizo de sus raíces las piernas más veloces y corrió hacia un río inmenso y lejano. Desde esa noche nos reuníamos a la misma hora, y Santiago nos narraba historias increíbles de sitios donde los animales conversaban con los hombres, de arco iris nocturnos y de cárceles con celdas invisibles. Con el tiempo los mayores también estaban con nosotros escuchándolo, pero con ciertos celos del cariño que sentíamos por él, hasta que solo se limitaron a llevarnos a la hora de dormir.La última noche que lo vimos lo encontramos en medio de los cañaverales en la oscuridad, con los ojos cerrados y nos dijo:
-“La historia acaba aquí. Siempre esperé que me busque aquella que había de cruzar el arco iris de la noche, hoy he sido encontrado y las celdas invisibles se han abierto.”
Unos pasos se oyeron en la hierba y se escuchó una voz de mujer:
-“Te he buscado durante muchas estaciones.”
Santiago “El Errante” se paró y caminó hacia los cañaverales y nos levantó la mano en señal de despedida. Todos vimos su cabellera larga desaparecer a lo lejos, su caminar encorvado, sus pantalones ajustados, el arco iris de la noche allá arriba, el árbol caminando junto a él…

viernes, 13 de noviembre de 2009

Leopoldo Marechal, Prólogo Indispensable de "Adán Buenosayres"


A continuación dejo el "Prólogo Indispensable" de "Adán Buenosayres", del escritor argentino Leopoldo Marechal. En el post anterior había hecho una referencia a él debido a que tuvo comentarios elogiosos con Xandóval; fácil hubiera sido dejar un fragmento, pero lo haré posteriormente;algunos dirán que es de mal gusto dejar un prólogo. Este no es de mal gusto...estoy seguro. Más abajo, en cursiva, encontrarán el comentario de Julio Cortázar sobre "Adán Buenosayres".


PRÓLOGO INDISPENSABLE

En cierta mañana de octubre de 192., casi a mediodía, seis hombres nos internábamos en el Cementerio del Oeste, llevando a pulso un ataúd de modesta factura (cuatro tablitas frágiles) cuya levedad era tanta, que nos parecía llevar en su interior, no la vencida carne de un hombre muerto, sino la materia sutil de un poema concluido. El astrólogo Schultze y yo empuñábamos las dos manijas de la cabecera, Franky Amundsen y Del Solar habían tomado las de los pies: al frente avanzaba Luis Pereda, fortachón y bamboleante como un jabalí ciego; detrás iba Samuel Tesler, exhibiendo un gran rosario de cuentas negras que manoseaba con ostentosa devoción. La primavera reía sobre las tumbas, cantaba en el buche de los pájaros, ardía en los retoños vegetales, proclamaba entre cruces y epitafios su jubilosa incredulidad acerca de la muerte. Y no había lágrimas en nuestros ojos ni pesadumbre alguna en nuestros corazones; porque dentro de aquel ataúd sencillo (cuatro tablitas frágiles) nos parecía llevar, no la pesada carne de un hombre muerto, sino la materia leve de un poema concluido. Llegamos a la fosa recién abierta: el ataúd fue bajado hasta el fondo. Redoblaron primero sobre la caja los terrones amigos, y a continuación las paladas brutales de los sepultureros. Arrodillado sobre la tierra gorda, Samuel Tesler oró un instante con orgulloso impudor, mientras que los enterradores aseguraban en la cabecera de la tumba una cruz de metal en cuyo negro corazón de hojalata se leía lo siguiente:

ADÁN BUENOSAYRES
R. I. P.

Luego regresamos todos a la Ciudad de la Yegua Tobiana.
Consagré los días que siguieron a la lectura de los dos manuscritos que Adán Buenosayres me había confiado en la hora de su muerte, a saber: el Cuaderno de Tapas Azules y el Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia. Aquellos dos trabajos me parecieron tan fuera de lo común, que resolví darlos a la estampa, en la seguridad de que se abrirían un camino de honor en nuestra literatura. Pero advertí más tarde que aquellas páginas curiosas no lograrían del público una intelección cabal, si no las acompañaba un retrato de su autor y protagonista. Me di entonces a planear una semblanza de Adán Buenosayres: a la idea originaria de ofrecer un retrato inmóvil sucedió la de presentar a mi amigo en función de vida; y cuanto más evocaba yo su extraordinario carácter, las figuras de sus compañeros de gesta, y sobre todo las acciones memorables de que fui testigo en aquellos días, tanto más se agrandaban ante mis ojos las posibilidades novelescas del asunto. Mi plan se concretó al fin en cinco libros, donde presentaría yo a mi Adán Buenosayres desde su despertar metafísico en el número 303 de la calle Monte Egmont, hasta la medianoche del siguiente día, en que ángeles y demonios pelearon por su alma en Villa Crespo, frente a la iglesia de San Bernardo, ante la figura inmóvil del Cristo de la Mano Rota. Luego transcribiría yo el Cuaderno de Tapas Azules y el Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia, como sexto y séptimo libros de mi relato.
Las primeras páginas de esta obra fueron escritas en París, en el invierno de 1930. Una honda crisis espiritual me sustrajo después, no sólo a los afanes de la literatura, sino a todo linaje de acción. Afortunadamente, y muy a tiempo, advertí yo que no estaba llamado al difícil camino de los perfectos. Entonces, para humillar el orgullo de ciertas ambiciones que confieso haber sustentado, retomé las viejas páginas de mi Adán Buenosayres y las proseguí, bien que desganadamente y con el ánimo de quien cumple un gesto penitencial. Y como la penitencia trae a veces frutos inesperados, volví a cobrar por mi obra un interés que se mantuvo hasta el fin, pese a las contrariedades y desgracias que demoraron su ejecución.
La publico ahora, vacilando aún entre mis temores y mis esperanzas. Antes de acabar este prólogo, debo advertir a mi lector que todos los recursos novelescos de la obra, por extraños que tal vez le resulten algunos, se ordenan rigurosamente a la presentación de un Adán Buenosayres exacto, y no a vanidosos intentos de originalidad literaria. Por otra parte, fácil ha de serle comprobar que, tanto en la cuerda poética como en la humorística, he seguido fielmente la tónica de Adán Buenosayres en su Cuaderno y en su Viaje. Y una observación final: podría suceder que alguno de mis lectores identificara a ciertos personajes de la obra, o se reconociera él mismo en alguno de ellos. En tal caso, no afirmaré yo hipócritamente que se trata de un parecido casual, sino que afrontaré las consecuencias: bien sé yo que, sea cual fuere la posición que ocupan en el Infierno de Schultze o los gestos que cumplen en mis cinco libros, todos los personajes de este relato levantan una «estatura heroica»; y no ignoro que, si algunos visten el traje de lo ridículo, lo hacen graciosamente y sin deshonor, en virtud de aquel «humorismo angélico» (así lo llamó Adán Buenosayres) gracias al cual también la sátira puede ser una forma de la caridad, si se dirige a los humanos con la sonrisa que tal vez los ángeles esbozan ante la locura de los hombres.
L.M.
El comentario de Julio Cortázar:
Publicado Originalmente en la “Revista” Realidad, marzo/abril de 1949. (Extracto de: Cotázar, Julio. “Obra Crítica II”, Madrid, Alfaguara, 1994).-
Una gran angustia signa el andar de Adán Buenosayres, y su desconsuelo amoroso es proyección del otro desconsuelo que viene de los orígenes y mira a los destinos. Arraigado a fondo en esta Buenos Aires, después de su Maipú de infancia y su Europa de hombre joven, Adán es desde siempre el desarraigado de la perfección, de la unidad, de eso que llaman cielo. Está en una realidad dada, pero no se ajusta a ella más que por el lado de fuera, y aun así se resiste a los órdenes que inciden por la vía del cariño y las debilidades. Su angustia, que nace del desajuste, es en suma la que caracteriza -en todos los planos mentales, morales y del sentimiento- al argentino, y sobre todo al porteño azotado de vientos inconciliables. La generación martinfierrista traduce sus varios desajustes en el duro esfuerzo que es su obra; más que combatirlos, los asume y los completa. ¿Por qué combatirlos si de ellos nacen la fuerza y el impulso para un Borges, un Güiraldes, un Mallea? El ajuste final sólo puede sobrevenir cuando lo válido nuestro -imprevisible salvo para los eufóricos folkloristas, que no han hecho nada importante aquí- se imponga desde adentro, como en lo mejor de Don Segundo, la poesía de Ricardo Molinari, el cateo de Historia de una Pasión Argentina.De muy honda raíz es ese desasosiego; más hondo en verdad que el aparato alegórico con que lo manifiesta Marechal; no hay duda que el ápice del itinerario del protagonista lo da la noche frente a la iglesia de San Bernardo, y la crisis de Adán solitario en su angustia, su sed unitiva. Marechal entra resuelto por un camino ya ineludible si se quiere escribir novelas argentinas; vale decir que no se esfuerza por resolver sus antinomias y sus contrarios en un estilo de compromiso, un término aséptico entre lo que aquí se habla, se siente y se piensa, sino que vuelca rapsódicamente las maneras que van correspondiendo a las situaciones sucesivas, la expresión que se adecua a su contenido. Marechal vuelve con Adán Buenosayres a la línea caudalosa de Mansilla y Payró, al relato incesantemente sobrevolado por la presencia zumbona de lo literario puro, que es juego y ajuste e ironía; esta feliz herencia de los ensayistas del siglo XVIII, que salta a la novela por vía de Inglaterra, da un tono narrativo que Marechal ha escogido y aplicado con pleno acierto. No sé, por razones de edad, si Adán Buenosayres testimonia con validez sobre la etapa martinfierrista, y ya se habrá notado que mi intento era más filológico que histórico. Su resonancia sobre el futuro argentino me interesa mucho más que su documentación del pasado. Tal como lo veo, Adán Buenosayres constituye un momento importante en nuestras desconcertadas letras.


Xandóval: Una canción y un romance


Hace casi dos semanas si no me equivoco, posteé "Canción de Maya" de Francisco Xandóval. En ella de alguna manera-muy sucinta por cierto-relataba alguna de mis experiencias, cuando en mi época de estudios generales en la universidad tuve que hacer un trabajo sobre la obra del poeta antes mencionado. Y francamente, creo que fuí mezquino colocando solo un poema de Xandóval; los días pasaron y los trabajos de "Vibraciones y Oscilaciones" en mis cursos de Sísmica me absorvieron y entre subir los cuentos dominicales, leer algún libro de narrativa latinoamericana, aguantarme a mí mismo y aprender a renunciar, me quedé sin tiempo.

Hoy algo más relajado y necesitado de algo en que mantener la cabeza ocupada, posteo dos poemas pertenecientes al libro "Canciones de Maya", el primero se llama "Canción de las cosas serenas", y el segundo perteneciente a la parte "Romancero de Maya" se denomina "Romance Heptasilábico del colegio dormilón".

Como anécdota, recuerdo que Rivero-Ayllón nos relató que Xandóval era admirador de Omar Khayyam, poeta y astrónomo; por esta razón, era muy cabalístico, y que su número muchas veces preferido era el 7. Estábamos reunidos con él en su casa del centro de Trujillo, y éramos nueve los integrantes del grupo; pero por motivos desconocidos habíamos llegado seis, mas Rivero, éramos siete; luego nos dijo que tengamos en cuenta que éramos siete con él, y si llegaba alguien más, que no nos sorprendiera que sea solo uno para que seamos siete alumnos y él. Estuvimos largo rato haciéndole preguntas, y llegó el compañero. Lo curioso: se había ido la luz y a falta de timbre, cuando tocó la puerta, lo hizo de un modo lento y pausado, sin ritmo, solo dió siete golpes...

Casualidades o no, no olvidaremos ese día.

Adjunto también unos comentarios de Gabriela Mistral y Leopoldo Marechal posteriores a la publicación de "Canciones de Maya". Mistral no es desconocida en el ámbito peruano, Marechal tampoco debería serlo. En el próximo post dejaré algo concerniente a él. La imagen que antecede el post, corresponde al cuadro al oleo de estilo surrealista del pintor mallorquín Tomás Ortega Díaz llamado "Serenidad" , como el poema a continuación.


Canción de las cosas serenas


En pleno vigor, alegre y fuerte,

dueño de mi antigua experiencia

y la totalidad de mi ser,

después de bravo ensayo de juventud,

sentido,grave,valeroso,noble,

lleno de mundo, de dolor, de esfuerzo,

inicio el canto.


Me he despojado de mi mismo.

He dejado mis versos antiguos.

Busco mi propia forma y por eso recurro a los tiempos;

retorno a las edades, y entre las sombras pías

de la noche platico, solitario en el sueño,

con Sócrates, Platón, Zaratustra y los Vedas,

la sombra dolorosa

y la sabiduría de libros y maestros.


Tiempo ha que busco el alma de los viejos poemas,

de los que se escribieron al principio del tiempo.

Sólo en ellos hay sangre, juventud, profecía

y un estremecimiento telúrico y eterno.


Busco la vieja llave de la caja del alma

en donde los patriarcas encerraban el sueño.

¡Quién ahora pudiera destaparla y echar

a volar el perfume de sus grandes secretos!


Pienso que quizá en otras épocas

anduve por playas extintas,

asimilando fuerzas nuevas,

recogiendo ilustres semillas,

almacenando nuevos cantos

llenos de vigor y armonía,

para despues hendir las tierras

de promisión con aguas vivas.


He dejado mis versos antiguos.

Maté mi esperanza de ayer,

me he despojado de mi mismo

y heme aquí desnudo otra vez,

como estaré cuando retorne

al seno de la tierra. Amén.



"Romance Heptasilábico del colegio dormilón"


1

Mañanas escolares.

Sol tibio de la infancia.

Nací en una provincia

detrás de aquellas bardas

por donde el sol se acuesta

para volver mañana.


Sol tibio de la tierra.

Rocío entre la grama.

Se pierde entre las horas

la voz de las campanas

que están llamando a misa

desde la madrugada.


Mamá, que vuelve linda,

despierta a la mesnada;

pero los chicos tienen

una pereza larga;

¡ir al colegio siempre

fué una broma pesada!


2

Mañanas de la infancia.

Mañanas con rezongo.

-"Mamita, todavía

puedo dormir un poco,

¿verdad? Son las campanas

no más, no son las ocho".

Pero mamita quiere

que me levante pronto.

Lápices y cuadernos

ya están dentro del bolso,

y he de ir al colegio.


porque sí, como un zonzo,

cuando sería lindo

quedarme hasta los ocho.

Pero abrigo el consuelo

(para un chico no es poco)

que un día seré grande

y me haré mudo y sordo,

y, encerrado en mi cuarto

dormiré como un ogro

sin ir a parte alguna

ni a la escuela tampoco;

y aunque mamá se enoje

me quedaré redondo,

sentado en mi butaca,

como un viejo canónigo.

Mas todavía debo

escuchar silencioso

por lo menos diez años

de constante rezongo,

y he de oír que me digan

¡Muchacho son las ocho!


3

Mamá: si tú volvieres

del mundo a que te fuiste

donde las cosas tienen

un palor lila y triste,

en el que hasta tu alma

parece diluírse

entre las lejanías

de un sol que ya va

a hundirse;

mamá, otra vez entonces,

bajo la noche libre,

me haría el pequeñito

tan solo por oírte,

por volver al rezongo

de los días felices

cuando me regañabas:

-¡Muchacho, es de morirse!




Leopoldo Marechal: Los muchachos argentinos del grupo de "Martín Fierro", con Nicolás Olivari, Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo y yo, saludamos al poeta Francisco Xandóval por sus bellas canciones de Maya, a las que auguramos éxito definitivo en América. "La Nación" de hoy publica algunas" .

Gabriela Mistral: " Es lástima que hayamos ignorado tanto tiempo la presencia de Ud. en el concurso de los buenos poetas sudamericanos, aunque ciertamente su nombre ya me era conocido por referencias de escritores peruanos cuando estuve en Lima. Mi felicitación más sincera por sus versos tan bien logrados en emoción y belleza"

domingo, 8 de noviembre de 2009

Cuento Dominical 2: El Inatrapable


Ya son casi las once de la mañana y no deja de sorprenderme la facilidad con la que se pasa el tiempo cuando uno piensa en aparentes intrascendencias; pero son esas intrascendencias las que resultan ser peligrosas. Lo "menos pensado", lo "inocurrible", lo "poco probable"; todo aquello que de algún modo terminó por llevarme a plasmar este cuento, en donde lo improbable se vuelve una irónica realidad.
La imágen que acompaña el post, corresponde a la pintura "La encantadora de serpientes", de 1907, cuyo autor fue Henri Rousseau.

El Inatrapable
-¡Despiértate mierda! ¡Come algo!
Los resortes del antiguo catre se remecieron, y una masa gigantesca y maloliente se movió bajo las sábanas, estirándose y lanzando un bostezo sonoro. El crujido de los alambres cesó y durante unos momentos, no se oyó más que el encendido del wolswagen del viejo Segismundo, el vecino.
-¡Viejo de mierda! ¡Cómo no se malogra su carcacha!-se escuchó bajo la almohada.
Y otra vez, silencio.
La figura se quedó estática, se le notaba tranquila al compás de una barriga que se inflaba y desinflaba armoniosamente. No le perturbaba la voz del tipo que lo despertó. Era inconfundible. Sólo un hombre podía mierdearlo impunemente: su hermano.
Sin embargo, había algo nuevo en el ambiente matutino. A lo lejos se escuchaba la música infantil y molesta de una feria, o algo parecido, y la bulla de los niños llegaba a la habitación como si el viento se empeñara en amplificarla. Nuevamente resonaron los resortes, y sacándose las sábanas violentamente, emergió un hombre obeso de unos cuarenta años, desnudo él, con el cuerpo tatuado. Se levantó, y tras soltar terribles ventosidades, se dirigió al inodoro.
Había hecho su aparición, solemnemente, el Gordo Carrión.
Ruperto Carrión era un delincuente fugitivo. Asesino de taxistas, cambistas y de policías, había dedicado su vida al daño, el robo y la extorsión. Sus padres habían muerto cuando apenas tenía cuatro años en un accidente de tránsito, haciéndose cargo de él su hermano, el mayor. Nunca fue al colegio. Lo que sabía, lo sabía por la calle, y lo que ganaba, lo ganaba por las malas. Con las justas sabía leer, y toda clase de operación matemática, era considerada por su persona como un don divino, del que solo la clase burguesa estaba dotada.
El patriotismo, los sentimientos y las pasiones, eran palabras que solo mencionaba con una botella en la mesa, con cigarrillos, y escuchando salsas de Lavoe, de esas duras y con letras que enorgullecen a los de su estirpe. Obeso desde niño, nadie osó joderlo por su redondez, desde que le bajó los dientes a un compañero de juego que le dijo “Baloo”. El amor, era un suceso trágico en su vida, no por su mala presencia, sino porque la primera vez que se acostó con una mujer, ésta salió mal parada, como referiré a continuación.
Apenas cumplidos los diecinueve años, con ciento ochenta kilos de peso, Carrión fue al club nocturno donde trabajaba Cecilia, una dama de compañía muy solicitada. Lo que ignoraba era que ella había hecho una apuesta con sus colegas para demostrar que era capaz de aceptarlo y acostarse con él.
El gordo estaba perdidamente enamorado de “Chechi”, como cariñosamente la llamaba y esa misma noche le declaró su amor. Ella se burlaba para sus adentros, pero fingió amarlo. Fueron a la casa de una amiga, bebieron y cuando ya bordeaban las tres de la madrugada, se dirigieron a la habitación. Las amigas de Cecilia se quedaron en la sala, a la espera del resultado. Todo parecía transcurrir normalmente.
Un grito rompió la tranquilidad de la noche, y Carrión salió desnudo pidiendo ayuda desesperado. Cuando entraron al cuarto, Cecilia tenía la columna rota y arrojaba bocanadas de sangre.
-¡Sólo hacía el misionero!- dijo Carrión. Fue una defensa válida.
Nunca más el gordo amó a nadie. Su vida se volvió más violenta y delictiva que antes, y sus propios camaradas tenían miedo a cruzarse con él. Manejaba a todos los delincuentes, y los fines de semana, se reunía con sus compadres de Florencia de Mora a jugar la ruleta rusa.
Ahora, a los cuarenta y dos años, ya no podía entrar en algún lugar sin ser reconocido. La policía a la que antes le pagaba cupos y era su aliada, lo buscaba, pues los nuevos jefes del hampa querían sacarlo del camino.
Al salir del baño, su hermano mayor le dijo:
- Ahí te he traído cinco panes para que te desayunes.
- ¿Qué mierda es eso que se escucha? ¿Una feria?- preguntó Carrión malhumorado.
- No, -dijo su hermano- es el circo. Y los cojudos han traído cantidad de animales, un león, un tigre de Bengala y hasta una serpiente pitón con una domadora que está muy buena. El cague de risa es que dicen que ayer en la noche el pitón se perdió. Para mí que se lo robaron.
- ¡A mí que mierda me importa eso! ¡Qué tal manera de hacer bulla los jijunas!
- ¡Ya cállate!,-dijo el hermano mayor- No olvides que estás buscado.

Carrión se pegó a la ventana y corrió un poco la cortina para ver lo que sucedía afuera. Luego le dijo a su hermano mayor:
- Dile a Careloco que venga en la noche, que traiga chicas, pero que sea discreto.
El hermano mayor lo miró, y sintió una tristeza grande, una premonición nada buena, pero no dijo nada, eran seguramente los achaques de su vejez y el cansancio de haber criado a ese ser grasoso.
El gordo fue a la mesa y devoró los panes, un poco de jamonada y mermelada y se tiró a la cama a leer el periódico que trajo su hermano. Luego se puso a ver televisión. Cuando ya se estaba aburriendo, su hermano le dijo:
- Ya llamé a Careloco. A las diez estará acá.
Carrión vio su reloj y ya era casi medio día. Tomó pastillas para quitarse la tensión y se quedó dormido de nuevo. Casi a las cuatro, se despertó y vio con su hermano unas películas de acción que estaban allí hace días. No cenó. Había algo raro en el ambiente, se sentía vigilado, pero nunca dudaría de su hermano mayor, el hombre que lo crió y siempre creyó en él.
Por fin, a las diez llegó Careloco con las chicas. La fiesta estaba en su punto, tanto que Carrión había brindado ya varias veces en nombre del amor. Dayana, una de las prostitutas, lo conocía de antes. Los tragos ya se habían subido a la cabeza de todos. Ella se acercó al gordo, lo abrazó como podía y le dijo:
- A mí no me engañas, Carrión.
Todas las chicas voltearon impresionadas. Todas habían escuchado de él.
Él, reconocido, la jaló a un costado y le preguntó:
- ¿De dónde me conoces?
- Todos te conocen –dijo ella.
Carrión, bamboleándose, abrió una botella y les habló a todos. Aún hoy varios de los presentes esa noche recuerdan cada una de las palabras.
- A mí nadie me agarrará. Escuchen eso… ¡Nadie! Llevo ya medio año así. ¡Cómo yo sólo Juanito Alimaña!
Dicho esto, bailó con una de las chicas, hasta que repentinamente tiró la botella al piso, y se reventó. Todos se quedaron mudos pensando que tendría uno de sus arranques violentos. Luego se dirigió a Dayana y le dijo:
- ¡Eres una puta mala!
Se fue al cuarto, y se tiró a la cama. En la sala todos seguían bailando y comentando el susto que se llevaron.
-¡No hay que molestarlo! –dijo el hermano mayor.
Sólo en la habitación, el Gordo Carrión repasó cada uno de los actos del día, por extrañas razones sentía que no estaba solo. Comenzó a reírse.
- ¡Nunca me agarrarán! –gritó.
Iba a repetir su frase, cuando sintió que algo lo rozaba y lo apretaba. No…No era su borrachera, ahora sentía una presión fuerte en su abdomen. Se miró el cuerpo y notó que algo lo envolvía, cuando volvió la cabeza vio una forma tubular y anillada que se lanzaba a su cabeza. En sus últimos momentos al avanzar lentamente por esa forma tubular y viscosa pensó:
- Nunca me agarrarán...
Al día siguiente, repuestos de su borrachera, Careloco mandó al hermano mayor a que viera si el gordo estaba dormido aún. No pudo llegar éste a la habitación. Un policía entró por la ventana y tres por la puerta. Todos capturados.
En el parte policial, figura lo siguiente:
“Entramos a la vivienda, ubicada en el segundo piso de edificio. Encontramos a los ocupantes con claros signos de haber ingerido bebidas alcohólicas, mas no encontramos al fugitivo, que responde al nombre de Ruperto Carrión (a) “El Gordo”. Sin embargo, como consuelo al esfuerzo de la unidad del operativo, encontramos a la serpiente pitón que un día antes se había perdido del circo recién llegado a la localidad. Estaba adormecida y muy, pero muy hinchada”.
Hoy el circo nos deleita con su función de despedida. En la primera fila, una mujer en silla de ruedas ,espera ansiosa - y en vano- el espectáculo de la "La encantadora de serpientes".
No deja de sorprenderme, la malicia y satisfacción de su sonrisa.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Un cuento de Ana María Matute


Recuerdo a Jorge Luis Borges, cuando leí la introducciòn de "Ficciones". En ella describía en propias palabras cada cuento que contenìa la obra, y agregaba:"Difícil tarea la de escribir en 500 páginas una idea cuya perfecta exposiciòn cabe en 5 hojas". Han sido varias las entrevistas en la cuales el escritor argentino siempre se mostró partidario por crear cuentos.

Hace unos días, vi una entrevista a Carlos Eduardo Zavaleta, (al parecer grabada) en la que señalaba: "El novelista debe ponerse como reto el cuento, y el cuentista debe plantearse la novela".

Las opiniones seguirán siendo diversas entre los que se sumergen en la narrativa. Y claro, no faltará alguien que salga hablando por allí de alguna técnica o algún lenguaje, habiendo olvidado que cualquiera que sea el estilo, por encima está la idea. Cuentos como el que posteo, son una muestra de aquello que pensaba Borges.

El niño al que se le murió el amigo
(Ana María Matute)
Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:-El amigo se murió.
-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Los cien años de Ciro Alegría


Hoy se conmemoran los 100 años el natalicio de Ciro Alegría, autor de libros como “La serpiente de oro”, “Los perros hambrientos”, “El mundo es ancho y ajeno”.
Aquí posteo la nota del diario “LA INDUSTRIA” de Trujillo. Es una noticia poco sorprendente en estos tiempos donde se le presta atención a lo que no se debe. Seguidamente posteo la noticia de "LA REPUBLICA, y para terminar posteo un cuento que es muy especial para mí, ya que "Calixto Garmendia" fué el primer escrito que pude leer de Ciro Alegría, en aquellos remotos "Populibros" que conserva mi abuela.


INC LA LIBERTAD olvida celebrar los 100 años de Ciro Alegría
En la llamada Casa de la Cultura no se ha programado para hoy ninguna actividad orientada a rendir homenaje al ilustre Ciro Alegría, quien hoy celebra 100 años de su natalicio. Las únicas actividades programadas en esta fecha se desarrollarán en Lima, gracias al Congreso de la República


Los cien años del gran Ciro Alegría
http://www.larepublica.pe/cultural/04/11/2009/los-cien-anos-del-gran-ciro-alegria-0

Un día como hoy nació en el pueblo de Marcabal, en Huamachuco. Su principal novela, El mundo es ancho y ajeno, ha sido traducida a 48 idiomas y publicada en 70 países.
Escrita cuando tenía 31 años, en el exilio, tuberculoso y sin trabajo fijo, El mundo es ancho y ajeno es la obra más importante de Ciro Alegría (Marcabal, 1909 - Lima, 1967), y, a juicio de muchos, la mayor novela peruana de todos los tiempos. Con ella ganó el Premio Latinoamericano de Novela Farrar & Rinehart (1941), en Nueva York, con un jurado presidido por John Dos Passos.
Traducida y publicada en 48 idiomas y en 70 países, es la novela peruana más difundida en lengua castellana. Publicada por 20 editoriales españolas y desde los años 60, en que salió por primera vez en el Perú, con una tirada de 100 mil ejemplares para un festival del libro, nunca ha dejado de reimprimirse en la patria de Vallejo, que fue maestro de Alegría, cuando éste era niño.Esencia de la novela
Brillante desde el título, El mundo es ancho y ajeno, ocurre en una comunidad de la sierra del norte del Perú, convulsionada por la resistencia de sus habitantes y su sabio alcalde a la expoliación de los gamonales, el holocausto y la emigración de las víctimas.
Pero Alegría fue más allá del villorrio andino y del indigenismo. Mostró al viejo ayllu, su esplendor, agonía y tragedia. Descubrió la gran ciudad con sus penurias, sus obreros y sus sindicatos; la hacienda costeña, la aberración marginal y racista; la semiesclavitud en los plantíos de la selva; el espacio subterráneo degradado de las minas; pero sobre todo la evolución de la conciencia social de muchos de sus personajes, mágicos al iniciar el libro y definitivamente alzados contra la tiranía civil, judicial, y hegemónica de la corrupción y el poder político, creando seres memorables como Benito Castro, el Fiero Vásquez, Álvaro Amenábar, Pascuala, Nasha Suro, y en especial Rosendo Maqui, que a juicio de José Saramago se parece a don Quijote.
La crítica y los recursos
Alguna crítica decimonónica, partidista y “muy moderna”, ha ejercido un soterrado silencio a esta gran novela. No así los nuevos catadores de la literatura peruana. El mundo es ancho y ajeno es para Alejandro Losada, la novela fundadora de la realidad peruana; Ricardo González Vigil y Tomás Escajadillo han visto en ella técnicas modernas de narrativa; Eduardo Urdanivia, su apego a los moldes socialistas; el español Arturo del Hoyo, renovadora y totalizante de la realidad peruana; Antonio Cornejo Polar, histórica y progresista, sin descuidar el arte; Vargas Llosa, como la primera novela clásica del Perú; la rusa Liuba Lapshiná, superando en mucho a la ideología aprista anterior a 1948; o el parisino Henry Bonnville, para señalar sus virtudes humanas y sociales, pero también que fue concebida para seducirnos con su lenguaje hechicero.
Pero además, el discurso literario de Alegría tiene 7 planos lingüísticos diferentes, la oralidad con interpolación de relatos, las particularidades ideolectales de sus personajes, los textos de corriente de conciencia, la asunción de intemporalidad, raccontos e inclusive flash-backs y la división de la novela en bloques temáticos, dan en la cara a cuantos como Emir Rodríguez Monegal, el novelista chileno José Donoso o Alfredo Bryce, quieran achacarle su falta de modernidad.
De esta manera, la novela cumbre de Alegría se convierte en una epopeya que pese a su gran contenido social se desarrolla dentro de una admirable poética, que convierte al indio en sustancia literaria, se universaliza y crea personajes arquetípicos válidos en cualquier parte. Con toda justicia se la valora como un símbolo del hombre americano por la tierra, por su reivindicación como persona y reclamo de respeto a su cultura y, por ello, una de las obras de obligada referencia en toda la literatura iberoamericana.
Finalmente, sólo unas palabras para Rosalía Amézquita, primera esposa de Ciro Alegría, que en la desesperanza, la enfermedad y la desesperación del exilio, supo darle amor y ayuda material en los cruciales momentos cuando escribió sus 3 novelas fundamentales.Homenajes en Lima y Cajamarca
1] El Centro Cultural de la U. de San Marcos rinde homenaje al escritor andino. El crítico literario Tomás Escajadillo abordará el original y polémico tema: “Rumi: ¿existió o no existió?”. El acto académico tendrá lugar en el Salón General del C.C. de San Marcos (Av. Nicolás de Piérola 1222, Parque Universitario), 7:00 p.m. Libre.
2] En Cajamarca. A partir de hoy, que es la inauguración, hasta el 7 de noviembre en Cajamarca, setenta escritores del Perú coincidirán en el IV Encuentro de Narradores Peruanos “Ciro Alegría”. En realidad, se trata de un homenaje al autor de El mundo es ancho y ajeno. El encuentro contará con la presencia de Dora Varona, viuda del escritor. Esta cita ha sido organizada por la Universidad de Cajamarca, el gobierno regional de Cajamarca y la minera Yanacocha. (La República, edición impresa)



Calixto Garmendia - Ciro Alegría


Déjame contarte —le pidió un hombre llamado Remigio Garmendia a otro llamado Anselmo, levantando la cara—. Todos estos días, anoche, esta mañana, aún esta tarde, he recordado mucho... Hay momentos en que a uno se le agolpa la vida... Además, debes aprender. La vida, corta o larga, no es de uno solamente.Sus ojos diáfanos parecían fijos en el tiempo. La voz se le fraguaba hondo y tenía un rudo timbre de emoción. Blandíanse a ratos las manos encallecidas.—Yo nací arriba, en un pueblito de los Andes. Mi padre era carpintero y me mandó a la escuela. Hasta segundo año de primaria era todo lo que había. Y eso que tuve suerte de nacer en el pueblo, porque los niños del campo se quedaban sin escuela. Fuera de su carpintería, mi padre tenía un terrenito al lado del pueblo, pasando la quebrada, y lo cultivaba con la ayuda de algunos indios a los que pagaba en plata o con obritas de carpintería: que el cabo de una lampa o de hacha, que una mesita, en fin. Desde un extremo del corredor de mi casa, veíamos amarillear el trigo, verdear el maíz, azulear las habas en nuestra pequeña tierra. Daba gusto. Con la comida y la carpintería teníamos bastante, considerando nuestra pobreza. A causa de tener algo y también por su carácter, mi padre no agachaba la cabeza ante nadie. Su banco de carpintero estaba en el corredor de la casa, dando a la calle. Pasaba el alcalde. «Buenos días, señor», decía mi padre, y se acabó. Pasaba el subprefecto. «Buenos días, señor», y asunto concluido. Pasaba el alférez de gendarmes. «Buenos días, alférez», y nada más. Pasaba el juez y lo mismo. Así era mi padre con los mandones. Ellos hubieran querido que les tuviera miedo o les pidiese o les debiera algo. Se acostumbran a todo eso los que mandan. Mi padre les disgustaba. Y no acababa ahí la cosa. De repente venía gente del pueblo, ya sea indios, cholos o blancos pobres. De a diez, de a veinte o también en poblada llegaban. «Don Calixto, encabécenos para hacer ese reclamo». Mi padre se llamaba Calixto. Oía de lo que se trataba, si le parecía bien aceptaba y salía a la cabeza de la gente, que daba vivas y metía harta bulla, para hacer el reclamo. Hablaba con buena palabra. A veces hacía ganar a los reclamadores y otras perdía, pero el pueblo siempre le tenía confianza. Abuso que se cometía, ahí estaba mi padre para reclamar al frente de los perjudicados. Las autoridades y los ricos del pueblo, dueños de haciendas y fundos, le tenían echado el ojo para partirlo en la primera ocasión. Consideraban altanero a mi padre, quien no los dejaba tranquilos. El ni se daba cuenta y vivía como si nada le pudiera pasar. Había hecho un sillón grande, que ponía en el corredor. Ahí solía sentarse, por las tardes, a conversar con los amigos. «Lo que necesitamos es justicia», decía. «El día que el Perú tenga justicia, será grande». No dudaba de que la habría y se torcía los mostachos con satisfacción, predicando: «No debemos consentir abusos».Sucedió que vino una epidemia de tifo, y el panteón del pueblo se llenó con los muertos del propio pueblo y los que traían del campo. Entonces las autoridades echaron mano de nuestro terrenito para panteón. Mi padre protestó diciendo que tomaran tierra de los ricos, cuyas haciendas llegaban hasta la propia salida del pueblo. Dieron de pretexto que el terreno de mi padre estaba ya cercado, pusieron gendarmes y comenzó el entierro de muertos. Quedaron a darle una indemnización de setecientos soles, que era algo en esos años, pero que autorización, que requisitos, que papeleo, que no hay plata en este momento... Se la estaban cobrando a mi padre, para ejemplo de reclamadores. Un día, después de discutir con el alcalde, mi viejo se puso a afilar una cuchilla y, para ir a lo seguro, también un formón. Mi madre algo le veía en la cara y se le prendió del cogote y le lloró diciéndole que nada sacaba con ir a la cárcel y dejarnos a nosotros más desamparados. Mi padre se contuvo como quebrándose. Yo era niño entonces y me acuerdo de todo eso como si hubiera pasado esta tarde.Mi padre no era hombre que renunciara a su derecho. Comenzó a escribir cartas exponiendo la injusticia. Quería conseguir que al menos le pagaran. Un escribano le hacía las cartas y le cobraba dos soles por cada una. Mi pobre escritura no valía para eso. El escribano ponía al final: «A ruego de Calixto Garmendia, que no sabe firmar, fulano». El caso fue que mi padre despachó dos o tres cartas al diputado por la provincia. Silencio. Otras al senador por el departamento. Silencio. Otra al mismo Presidente de la República. Silencio. Por último mandó cartas a los periódicos de Trujillo y a los de Lima. Nada, señor. El postillón llegaba al pueblo una vez por semana, jalando una mula cargada con la valija del correo. Pasaba por la puerta de la casa y mi padre se iba detrás y esperaba en la oficina del despacho, hasta que clasificaban la correspondencia. A veces, yo también iba. «Carta para Calixto Garmendia?», preguntaba mi padre. El interventor, que era un viejito flaco y bonachón, tomaba las cartas que estaban en la casilla de la G, las iba viendo y al final decía: «Nada, amigo». Mi padre salía comentando que la próxima vez habría carta. Con los años, afirmaba que al menos los periódicos responderían. Un estudiante me ha dicho que, por lo regular, los periódicos creen que asuntos como ésos carecen de interés general. Esto en el caso de que los mismos no estén en favor del gobierno y sus autoridades, y callen cuanto pueda perjudicarles. Mi padre tardó en desengañarse de reclamar lejos y estar yéndose por las alturas, varios años.Un día, a la desesperada, fue a sembrar la parte del panteón que aún no tenía cadáveres, para afirmar su propiedad. Lo tomaron preso los gendarmes, mandados por el subprefecto en persona, y estuvo dos días en la cárcel. Los trámites estaban ultimados y el terreno era de propiedad municipal legalmente. Cuando mi padre iba a hablar con el Síndico de Gastos del Municipio, el tipo abría el cajón del escritorio y decía como si ahí debiera estar la plata: «No hay dinero, no hay nada ahora. Cálmate, Garmendia. Con el tiempo se te pagará». Mi padre presentó dos recursos al juez. Le costaron diez soles cada uno. El juez los declaró sin lugar. Mi padre ya no pensaba en afilar la cuchilla y el formón. «Es triste tener que hablar así —dijo una vez—, pero no me darían tiempo de matar a todos los que debía». El dinerito que mi madre había ahorrado y estaba en una ollita escondida en el terrado de la casa, se fue en cartas y en papeleo.A los seis o siete años del despojo, mi padre se cansó hasta de cobrar. Envejeció mucho en aquellos tiempos. Lo que más le dolía era el atropello. Alguna vez pensó en irse a Trujillo o a Lima a reclamar, pero no tenía dinero para eso. Y cayó también en cuenta de que, viéndolo pobre y solo, sin influencias ni nada, no le harían caso. ¿De quién y cómo valerse? El terrenito seguía de panteón, recibiendo muertos. Mi padre no quería ni verlo, pero cuando por casualidad llegaba a mirarlo, decía: «¡Algo mío han enterrado ahí también! ¡Crea usted en la justicia!» Siempre se había ocupado de que le hicieran justicia a los demás y, al final, no la había podido obtener ni para él mismo. Otras veces se quejaba de carecer de instrucción y siempre despotricaba contra los tiranos, gamonales, tagarotes y mandones.Yo fui creciendo en medio de esa lucha. A mi padre no le quedó otra cosa que su modesta carpintería. Apenas tuve fuerzas, me puse a ayudarlo en el trabajo. Era muy escaso. En ese pueblito sedentario, casas nuevas se levantarían una cada dos años. Las puertas de las otras duraban. Mesas y sillas casi nadie usaba. Los ricos del pueblo se enterraban en cajón, pero eran pocos y no morían con frecuencia. Los indios enterraban a sus muertos envueltos en mantas sujetas con cordel. Igual que aquí en la costa entierran a cualquier peón de caña, sea indio o no. La verdad era que cuando nos llegaba la noticia de un rico difunto y el encargo de un cajón, mi padre se ponía contento. Se alegraba de tener trabajo y también de ver irse al hoyo a uno de la pandilla que lo despojó. ¿A qué hombre, tratado así, no se le daña el corazón? Mi madre creía que no estaba bueno alegrarse debido a la muerte de un cristiano y encomendaba el alma del finado rezando unos cuantos padrenuestros y avemarías. Duro le dábamos al serrucho, al cepillo, a la lija y a la clavada mi padre y yo, que un cajón de muerto debe hacerse luego. Lo hacíamos por lo común de aliso y quedaba blanco. Algunos lo querían así y otros que pintado de color caoba o negro y encima charolado. De todos modos, el muerto se iba a podrir lo mismo bajo la tierra, pero aún para eso hay gustos.Una vez hubo un acontecimiento grande en mi casa y en el pueblo. Un forastero abrió una nueva tienda, que resultó mejor que las otras cuatro que había. Mi viejo y yo trabajamos dos meses haciendo el mostrador y los andamios para los géneros y abarrotes. Se inauguró con banda de música y la gente hablaba del progreso. En mi casa hubo ropa nueva para todos. Mi padre me dio para que lo gastara en lo que quisiera, así, en lo que quisiera, la mayor cantidad de plata que había visto en mis manos: dos soles. Con el tiempo, la tienda no hizo otra cosa que mermar el negocio de las otras cuatro, nuestra ropa envejeció y todo fue olvidado. Lo único bueno fue que yo gasté los dos soles en una muchacha llamada Eutimia, así era el nombre, que una noche se dejó coger entre los alisos de la quebrada. Eso me duró. En adelante no me cobró ya nada y si antes me recibió los dos soles, fue de pobre que era.En la carpintería, las cosas siguieron como siempre. A veces hacíamos un baúl o una mesita o tres sillas en un mes. Como siempre, es un decir. Mi padre trabajaba a disgusto. Antes lo había visto yo gozarse puliendo y charolando cualquier obrita y le quedaba muy vistosa. Después ya no le importó y como que salían del paso con un poco de lija. Hasta que al fin llegaba el encargo de otro cajón de muerto, que era plato fuerte. Cobrábamos generalmente diez soles. Déle otra vez a alegrarse mi padre, que solía decir: «Se fregó otro bandido, diez soles!» A trabajar duro él y yo; a rezar mi madre, y a sentir alivio hasta por las virutas. Pero ahí acababa todo. ¿Eso es vida? Como muchacho que era, me disgustaba que en esa vida estuviera mezclada tanto la muerte.La cosa fue más triste cada vez. En las noches, a eso de las tres o cuatro de la madrugada, mi padre se echaba unas cuantas piedras bastante grandes a los bolsillos, se sacaba los zapatos para no hacer bulla y caminaba medio agazapado hacia la casa del alcalde. Tiraba las piedras, rápidamente, a diferentes partes del techo, rompiendo las tejas. Luego volvía a la carrera y, ya dentro de la casa, a oscuras, pues no encendía luz para evitar sospechas, se reía. Su risa parecía a ratos el graznido de un animal. A ratos era tan humana, tan desastrosamente humana, que me daba más pena todavía. Se calmaba unos cuantos días con eso. Por otra parte, en la casa del alcalde solían vigilar. Como había hecho incontables chanchadas, no sabían a quién echarle la culpa de las piedras. Cuando mi padre deducía que se habían cansado de vigilar, volvía a romper tejas. Llegó a ser un experto en la materia. Luego rompió tejas en la casa del juez, del subprefecto, del alférez de gendarmes, del síndico de gastos. Calculadamente, rompió las de las casas de otros notables, para que si querían deducir, se confundieran. Los ocho gendarmes del pueblo salieron en ronda muchas noches, en grupos y solos, y nunca pudieron atrapar a mi padre. Se había vuelto un artista de la rotura de tejas. De mañana salía a pasear por el pueblo para darse el gusto de ver que los sirvientes de las casas que atacaba, subían con tejas nuevas a reemplazar las rotas. Si llovía era mejor para mi padre. Entonces atacaba la casa de quien odiaba más, el alcalde, para que el agua le dañara o, al caerles, los molestara a él y su familia. Llegó a decir que les metía el agua a los dormitorios, de lo bien que calculaba las pedradas. Era poco probable que pudiese calcular tan exactamente en la oscuridad, pero él pensaba que lo hacía, por darse el gusto de pensarlo.El alcalde murió de un momento a otro. Unos decían que de un atracón de carne de chancho y otros que de las cóleras que le daban sus enemigos. Mi padre fue llamado para que hiciera el cajón y me llevó a tomar las medidas con un cordel. El cadáver era grande y gordo. Había que verle la cara a mi padre contemplando al muerto. Él parecía la muerte. Cobró cincuenta soles adelantados, uno sobre otro. Como le reclamaron el precio, dijo que el cajón tenía que ser muy grande, pues el cadáver también lo era y además gordo, lo cual demostraba que el alcalde comió bien. Hicimos el cajón a la diabla. A la hora del entierro, mi padre contemplaba desde el corredor cuando metían el cajón al hoyo, y decía: «Come la tierra que me quitaste, condenado; come, come». Y reía con esa su risa horrible. En adelante, dio preferencia en la rotura de tejas a la casa del juez y decía que esperaba verlo entrar al hoyo también, lo mismo que a los otros mandones. Su vida era odiar y pensar en la muerte. Mi madre se consolaba rezando. Yo, tomando a Eutimia en el alisar de la quebrada. Pero me dolía muy hondo que hubieran derrumbado así a mi padre. Antes de que lo despojaran, su vida era amar a su mujer y su hijo, servir a sus amigos y defender a quien lo necesitara. Quería a su patria. A fuerza de injusticia y desamparo, lo habían derrumbado.Mi madre le dio esperanza con el nuevo alcalde. Fue como si mi padre sanara de pronto. Eso duró dos días. El nuevo alcalde le dijo también que no había plata para pagarle. Además, que abusó cobrando cincuenta soles por un cajón de muerto y que era un agitador del pueblo. Esto ya no tenía ni apariencia de verdad. Hacía años que las gentes, sabiendo a mi padre en desgracia con las autoridades, no iban por la casa para que las defendiera. Con este motivo ni se asomaban. Mi padre le gritó al nuevo alcalde, se puso furioso y lo metieron quince días en la cárcel, por desacato. Cuando salió, le aconsejaron que fuera con mi madre a darle satisfacciones al alcalde, que le lloraran ambos y le suplicaran el pago. Mi padre se puso a clamar:—«Eso nunca! Por que quieren humillarme? La justicia no es limosna! Pido justicia!»

Al poco tiempo, mi padre murió.