domingo, 8 de noviembre de 2009

Cuento Dominical 2: El Inatrapable


Ya son casi las once de la mañana y no deja de sorprenderme la facilidad con la que se pasa el tiempo cuando uno piensa en aparentes intrascendencias; pero son esas intrascendencias las que resultan ser peligrosas. Lo "menos pensado", lo "inocurrible", lo "poco probable"; todo aquello que de algún modo terminó por llevarme a plasmar este cuento, en donde lo improbable se vuelve una irónica realidad.
La imágen que acompaña el post, corresponde a la pintura "La encantadora de serpientes", de 1907, cuyo autor fue Henri Rousseau.

El Inatrapable
-¡Despiértate mierda! ¡Come algo!
Los resortes del antiguo catre se remecieron, y una masa gigantesca y maloliente se movió bajo las sábanas, estirándose y lanzando un bostezo sonoro. El crujido de los alambres cesó y durante unos momentos, no se oyó más que el encendido del wolswagen del viejo Segismundo, el vecino.
-¡Viejo de mierda! ¡Cómo no se malogra su carcacha!-se escuchó bajo la almohada.
Y otra vez, silencio.
La figura se quedó estática, se le notaba tranquila al compás de una barriga que se inflaba y desinflaba armoniosamente. No le perturbaba la voz del tipo que lo despertó. Era inconfundible. Sólo un hombre podía mierdearlo impunemente: su hermano.
Sin embargo, había algo nuevo en el ambiente matutino. A lo lejos se escuchaba la música infantil y molesta de una feria, o algo parecido, y la bulla de los niños llegaba a la habitación como si el viento se empeñara en amplificarla. Nuevamente resonaron los resortes, y sacándose las sábanas violentamente, emergió un hombre obeso de unos cuarenta años, desnudo él, con el cuerpo tatuado. Se levantó, y tras soltar terribles ventosidades, se dirigió al inodoro.
Había hecho su aparición, solemnemente, el Gordo Carrión.
Ruperto Carrión era un delincuente fugitivo. Asesino de taxistas, cambistas y de policías, había dedicado su vida al daño, el robo y la extorsión. Sus padres habían muerto cuando apenas tenía cuatro años en un accidente de tránsito, haciéndose cargo de él su hermano, el mayor. Nunca fue al colegio. Lo que sabía, lo sabía por la calle, y lo que ganaba, lo ganaba por las malas. Con las justas sabía leer, y toda clase de operación matemática, era considerada por su persona como un don divino, del que solo la clase burguesa estaba dotada.
El patriotismo, los sentimientos y las pasiones, eran palabras que solo mencionaba con una botella en la mesa, con cigarrillos, y escuchando salsas de Lavoe, de esas duras y con letras que enorgullecen a los de su estirpe. Obeso desde niño, nadie osó joderlo por su redondez, desde que le bajó los dientes a un compañero de juego que le dijo “Baloo”. El amor, era un suceso trágico en su vida, no por su mala presencia, sino porque la primera vez que se acostó con una mujer, ésta salió mal parada, como referiré a continuación.
Apenas cumplidos los diecinueve años, con ciento ochenta kilos de peso, Carrión fue al club nocturno donde trabajaba Cecilia, una dama de compañía muy solicitada. Lo que ignoraba era que ella había hecho una apuesta con sus colegas para demostrar que era capaz de aceptarlo y acostarse con él.
El gordo estaba perdidamente enamorado de “Chechi”, como cariñosamente la llamaba y esa misma noche le declaró su amor. Ella se burlaba para sus adentros, pero fingió amarlo. Fueron a la casa de una amiga, bebieron y cuando ya bordeaban las tres de la madrugada, se dirigieron a la habitación. Las amigas de Cecilia se quedaron en la sala, a la espera del resultado. Todo parecía transcurrir normalmente.
Un grito rompió la tranquilidad de la noche, y Carrión salió desnudo pidiendo ayuda desesperado. Cuando entraron al cuarto, Cecilia tenía la columna rota y arrojaba bocanadas de sangre.
-¡Sólo hacía el misionero!- dijo Carrión. Fue una defensa válida.
Nunca más el gordo amó a nadie. Su vida se volvió más violenta y delictiva que antes, y sus propios camaradas tenían miedo a cruzarse con él. Manejaba a todos los delincuentes, y los fines de semana, se reunía con sus compadres de Florencia de Mora a jugar la ruleta rusa.
Ahora, a los cuarenta y dos años, ya no podía entrar en algún lugar sin ser reconocido. La policía a la que antes le pagaba cupos y era su aliada, lo buscaba, pues los nuevos jefes del hampa querían sacarlo del camino.
Al salir del baño, su hermano mayor le dijo:
- Ahí te he traído cinco panes para que te desayunes.
- ¿Qué mierda es eso que se escucha? ¿Una feria?- preguntó Carrión malhumorado.
- No, -dijo su hermano- es el circo. Y los cojudos han traído cantidad de animales, un león, un tigre de Bengala y hasta una serpiente pitón con una domadora que está muy buena. El cague de risa es que dicen que ayer en la noche el pitón se perdió. Para mí que se lo robaron.
- ¡A mí que mierda me importa eso! ¡Qué tal manera de hacer bulla los jijunas!
- ¡Ya cállate!,-dijo el hermano mayor- No olvides que estás buscado.

Carrión se pegó a la ventana y corrió un poco la cortina para ver lo que sucedía afuera. Luego le dijo a su hermano mayor:
- Dile a Careloco que venga en la noche, que traiga chicas, pero que sea discreto.
El hermano mayor lo miró, y sintió una tristeza grande, una premonición nada buena, pero no dijo nada, eran seguramente los achaques de su vejez y el cansancio de haber criado a ese ser grasoso.
El gordo fue a la mesa y devoró los panes, un poco de jamonada y mermelada y se tiró a la cama a leer el periódico que trajo su hermano. Luego se puso a ver televisión. Cuando ya se estaba aburriendo, su hermano le dijo:
- Ya llamé a Careloco. A las diez estará acá.
Carrión vio su reloj y ya era casi medio día. Tomó pastillas para quitarse la tensión y se quedó dormido de nuevo. Casi a las cuatro, se despertó y vio con su hermano unas películas de acción que estaban allí hace días. No cenó. Había algo raro en el ambiente, se sentía vigilado, pero nunca dudaría de su hermano mayor, el hombre que lo crió y siempre creyó en él.
Por fin, a las diez llegó Careloco con las chicas. La fiesta estaba en su punto, tanto que Carrión había brindado ya varias veces en nombre del amor. Dayana, una de las prostitutas, lo conocía de antes. Los tragos ya se habían subido a la cabeza de todos. Ella se acercó al gordo, lo abrazó como podía y le dijo:
- A mí no me engañas, Carrión.
Todas las chicas voltearon impresionadas. Todas habían escuchado de él.
Él, reconocido, la jaló a un costado y le preguntó:
- ¿De dónde me conoces?
- Todos te conocen –dijo ella.
Carrión, bamboleándose, abrió una botella y les habló a todos. Aún hoy varios de los presentes esa noche recuerdan cada una de las palabras.
- A mí nadie me agarrará. Escuchen eso… ¡Nadie! Llevo ya medio año así. ¡Cómo yo sólo Juanito Alimaña!
Dicho esto, bailó con una de las chicas, hasta que repentinamente tiró la botella al piso, y se reventó. Todos se quedaron mudos pensando que tendría uno de sus arranques violentos. Luego se dirigió a Dayana y le dijo:
- ¡Eres una puta mala!
Se fue al cuarto, y se tiró a la cama. En la sala todos seguían bailando y comentando el susto que se llevaron.
-¡No hay que molestarlo! –dijo el hermano mayor.
Sólo en la habitación, el Gordo Carrión repasó cada uno de los actos del día, por extrañas razones sentía que no estaba solo. Comenzó a reírse.
- ¡Nunca me agarrarán! –gritó.
Iba a repetir su frase, cuando sintió que algo lo rozaba y lo apretaba. No…No era su borrachera, ahora sentía una presión fuerte en su abdomen. Se miró el cuerpo y notó que algo lo envolvía, cuando volvió la cabeza vio una forma tubular y anillada que se lanzaba a su cabeza. En sus últimos momentos al avanzar lentamente por esa forma tubular y viscosa pensó:
- Nunca me agarrarán...
Al día siguiente, repuestos de su borrachera, Careloco mandó al hermano mayor a que viera si el gordo estaba dormido aún. No pudo llegar éste a la habitación. Un policía entró por la ventana y tres por la puerta. Todos capturados.
En el parte policial, figura lo siguiente:
“Entramos a la vivienda, ubicada en el segundo piso de edificio. Encontramos a los ocupantes con claros signos de haber ingerido bebidas alcohólicas, mas no encontramos al fugitivo, que responde al nombre de Ruperto Carrión (a) “El Gordo”. Sin embargo, como consuelo al esfuerzo de la unidad del operativo, encontramos a la serpiente pitón que un día antes se había perdido del circo recién llegado a la localidad. Estaba adormecida y muy, pero muy hinchada”.
Hoy el circo nos deleita con su función de despedida. En la primera fila, una mujer en silla de ruedas ,espera ansiosa - y en vano- el espectáculo de la "La encantadora de serpientes".
No deja de sorprenderme, la malicia y satisfacción de su sonrisa.

10 comentarios:

  1. son pendejadas de la vida, increibles pero siertas - choco

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  2. La mujer del final es la "columna rota" pero en silla de ruedas, que se siente vengada o no?
    Si es asi entendí todo, y me gustó.
    JV

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  3. Impactante, y eso que al comienzo como que estuve esceptica me agradaron los dos finales,uno triste y el otro ironico, pos hoy lei los dos cuentos dominicales.
    Ya arreglare mi blog cuando las clases me den tiempo.
    Un saludo

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  4. Si. La mujer de la silla de ruedas es la víctima de la locura amorosa del Gordo Carrión.

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  5. eres único!!!!gracias por existir
    V.

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  6. No soy ùnico, y no me des gracias por existir si no nos conocemos.
    De todas maneras gracias porque no puedo negar que me da ànimo un comentario asi en estos momentos que no son nada buenos para mì.
    Un saludo V. y espero que comente seriamente e identificandose de alguna forma la proxima vez.

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  7. te amooooooooooooooo titin!
    v.

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  8. prontamente te salen fans?
    o es tu novia?
    creo que lo segundo ueguegueg
    este cuento me lleva a alguno de vieja escuela de arlt o en alguno de quiroga solo que no ocurre en la selva, sino en la jungla real....LA CIUDAD

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