miércoles, 30 de septiembre de 2009

El comienzo de todo


La historia del Árbol Errante surgió en un lugar desconocido, en fecha y hora desconocida, por un autor desconocido (para los fines de este blog esos datos son vanos). Adjunto a continuación el cuento para los pocos o ningún interesado en conocerlo.


Hoy sentado en la mecedora al despertar de mi siesta, observaba que derrumbaban las casitas de adobe, en medio de los cañaverales. Increíble es pensar que hace ya más de cincuenta años yo correteaba entre las cañas persiguiendo lagartijas, o escondiéndome de las tandas de la abuela Beatriz, recientemente huésped ilustre del Alto de las Cruces, el cementerio del caserío. Recuerdo también como me gritaba si me veía en la manchita de mocosos que seguíamos a Santiago "El Errante", aquel hombre que habría de forjar las fantasías de nuestra infancia, nuestros sueños de juventud y las profecías de nuestra vejez.

Santiago "El Errante" llegó a nosotros como un extraño, y por sus acciones llegó a ser amado como hijo del caserío. Nosotros los niños de entonces, lo amábamos por su benevolencia, aunque los perros lo odiaban , y más de una de nuestras abuelas lo detestaba. Santiago "El Errante" no tenía nombre, tampoco tenía madre, algunos decían que porque un día no obedeció, otros que era huérfano. Lo cierto es que nunca nadie supo con certeza su origen. Cuando lo veíamos andar lo rodeábamos y él nos cargaba paseándonos en sus hombros; sus brazos flacos contrastaban con la fuerza que mostraba cuando ayudaba a mi padre a que cortara las cañas. Hoy, ya senil mi padre, le da las gracias por ayudarlo, mientras se come las planchitas de tecnopor de su cama pensando que es canchita pop corn. Santiago tal vez tendría veinticinco años en esa época, tenía el cabello largo, unos pantalones ajustados como el "Héroe del rock", y un polo azul, su rostro era lo único que llevaba siempre limpio, su barba poco poblada estaba crecida, y su andar encorvado hacía gracia al resto que también rajaba de su nariz.

Un día al finalizar el trabajo, Santiago prendió una fogata y se sentó a fumar. Todos los niños nos sentamos alrededor y con su mirada triste nos dijo:

_"Quiero ser un niño de nuevo"Nos miró con una sonrisa, y nos contó la historia de un árbol, que se cansó de estar en el mismo lugar, y que desesperado porque había otros árboles que no dejaban que el tenga agua de la lluvia, hizo de sus raíces las piernas más veloces y corrió hacia un río.Desde esa noche nos reuníamos a la misma hora, y Santiago nos narraba historias increíbles de sitios donde los animales conversaban con los hombres, de arco iris nocturnos y de cárceles con celdas invisibles. Con el tiempo los mayores también estaban con nosotros escuchándolo, pero con ciertos celos del cariño que sentíamos por él, hasta que solo se limitaron a llevarnos a la hora de dormir.La última noche que lo vimos lo encontramos en medio de los cañaverales en la oscuridad, con los ojos cerrados y nos dijo:-“La historia acaba aquí. Siempre esperé que me busque aquella que había de cruzar el arco iris de la noche, hoy he sido encontrado y las celdas invisibles se han abierto.”

Unos pasos se oyeron en la hierba y e escuchó una voz de mujer:“Te he buscado durante muchas estaciones.”

Santiago “El Errante” se paró y caminó hacia los cañaverales y nos levantó la mano en señal de despedida. Todos vimos su cabellera larga desaparecer a lo lejos, su caminar encorvado, sus pantalones ajustados, el arco iris de la noche, el árbol caminando junto a él…


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